EDITORIAL

Luiz Fernando Carrijo da Cunha

Presidente de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis
AME de la EBP y de la AMP
AE en ejercicio

 

Nos pareció interesante, justo ahora que estamos con la preparación del VII ENAPOL, destacar en este editorial un matiz que nos llamó la atención desde el momento del anuncio del tema: “El imperio de las Imágenes”. Se nos ocurrió interrogar las similitudes y diferencias entre lo que estaría en el centro de este debate con lo que fue el tema del Encuentro Brasileño de 1995 –por ocasión de la fundación de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis– “La imagen reina”. Aunque ahora hablemos de “imágenes”, escrito en plural, eso en sí mismo no evidencia la diferencia. Ahora bien, “la imagen reina” –como subraya J.-A. Miller–[1] interesa al psicoanálisis en la medida en que funciona como “el lugar donde lo imaginario se amarra al goce”, es lo que dará consistencia a la fantasía. En ese sentido, y siguiendo la letra de su conferencia, interroga si la “imagen reina” no sería el equivalente, en lo imaginario, al significante-amo en lo simbólico. Aunque en sus desarrollos esta tesis no permanece como una mera afirmación, acompañamos ahí la constante sumisión de la imagen al significante, llegando a llamarla “significante imaginario”. Una lectura que supone, todavía, una cierta primacía del orden simbólico cuya lógica escribiría un rebajamiento de lo imaginario a favor de lo simbólico. Sin embargo, cuando Miller va, en la Orientación Lacaniana, en dirección a la ultimísima enseñanza de Lacan, deja claro que, más allá de la equivalencia entre los tres registros (aunque heterogéneos), lo simbólico queda reducido a su agujero, mientras que lo real es ex-sistencia y lo imaginario consistencia. Si lo imaginario y lo simbólico se enlazan constituyendo los semblantes que, por estructura, se oponen a lo real, nos preguntamos cuáles vías de interpretación nos abre el título de este Encuentro Americano. Encontramos en el “texto argumento” tres afirmaciones que nos orientan con relación a esto:

1- “El imperio de las imágenes… es el velo de Maya… que se proyecta sobre el muro del lenguaje”.

2- “… a falta del recurso simbólico, la imagen comanda… ”.

3- “… El imperio de las imágenes parece ocupar el lugar de las referencias que vacilan en la actualidad”.

Son afirmaciones que redundan en el concepto de “fracaso de lo simbólico” como recurso de lo que viene de lo real, haciendo vacilar los semblantes que sustentarón a la civilización durante los últimos siglos. En esa medida, el “imperio de las imágenes” viene a ocupar, en la actualidad, el vacío de referencia. Mientras tanto, como perspectiva política del psicoanálisis de Orientación Lacaniana, no nos cabe contemplar la realidad, sino recoger lo que cae del “imperio” como pedazos de real que, desde siempre, modulan el síntoma.

Buena lectura.

 

Traducción del portugués: Nohemí Brown

Revisión: Pablo Russo

La palabra imperio es tomada del latín imperium, que denota orden, mando, soberanía. También evoca poder, el hecho de implantar, imponer, condenar, proferir, impregnar, impugnar, imputar. Afirmar que asistimos en el siglo veintiuno a un imperio de las imágenes, supone considerar que estamos sometidos a todo aquello que se localiza del lado de la representación, la apariencia, la virtualidad, lo que se puede ver y el semblante. No partimos entonces de una hipótesis ya que no decimos si hay imperio de las imágenes, entonces…, sino que decimos: hay imperio de las imágenes, luego se producen unas consecuencias. Aquí se trata de una proposición que no es para verificar sino para servirse de la misma tomándola como base formal de una demostración.

Decir imperio de las imágenes implica, de un lado, instalar el yo en el puesto de mando y, de otro, reconocer que por el cuerpo estar metido en el asunto de la imagen y ser definido como una consistencia mental, somos prisioneros de dichas imágenes y además podemos llegar a tener una relación de extrañeza con las mismas. Las imágenes someten y encierran a los sujetos de distintas maneras, por ejemplo, por la vía de la publicidad, de la pornografía, el cultivo de la apariencia, la mostración, el exhibicionismo o el llamado al Dios científico para que forzando la naturaleza produzca artificialmente un cambio de sexo cuando hay decepción e inconformismo con el que se tiene.

Dado que en los fenómenos anotados suele quedar inmerso el cuerpo, que a juicio de Lacan es algo que se tiene y que en tanto tal se lleva consigo, se moviliza y transporta, “en la relación con el sujeto tachado, simbólico, […] por ser del orden de lo imaginario, […] es fundamentalmente extranjero”.[1] Esto se demuestra clínicamente, por ejemplo, en los fenómenos esquizofrénicos, en el transexualismo y en la angustia, donde la relación con el cuerpo es de extrañeza, como si hubiera seguido “su propio camino”, independientemente del yo racional.

Imperio de la imágenes también quiere decir que si “la realidad se puede abordar desde la vertiente de lo simbólico o desde la vertiente de lo imaginario”[2], sostener que este último ha pasado a imperar en nuestro tiempo en el abordaje de la realidad, implica que el Nombre del Padre ha perdido su lugar como instancia ordenadora que instaura anudamientos esenciales, pacifica las trampas de lo imaginario y porta una interdicción sobre el goce primordial.

Otra cuestión es que si “en el ser humano predomina lo imaginario, no se puede escapar a lo real mediante la religión del hecho”.[3] La religión del hecho es la creencia ciega en un positivismo ingenuo que por medio de los asuntos de hecho pretende alcanzar lo real. La manera de evitarlo es sabiendo hacer uso de la imagen, pues si bien originariamente el hombre se identifica con la misma para poder acceder a la ilusión mental de tener un cuerpo, también es cierto que esto no le “impide poder corregirla, ponerla de moda, o en el modo en que la quiera”.[4]

No es por otra razón que en la contemporaneidad el asesor de imagen se ha vuelto indispensable para las celebridades o para todo aquel que vive en el campo de la representación. Estos asesores tienen la función de ayudar a recomponer la imagen mediante la infatuación del yo, que es equivalente, como lo indica Jacques-Alain Miller, a la producción de máscaras de la nada, es decir, de semblantes que tienen “la función de velar la nada”[5], porque la nada, sobre todo en las mujeres, deberá estar cubierta para que ella en lugar de descubierta sea inventada

El incesante trabajo de recomposición de la imagen cuando se supone deformada o afectada en algún aspecto, lo observamos en el plano más real del cuerpo con las cirugías estéticas. Una mujer que en Colombia ganó el record güines de las cirugías estéticas, pues suma veintidós, decía en una entrevista de televisión que le encantaba la anestesia y que tratándose de moldear el cuerpo para tener una imagen que le permita ser feliz, ella es sin límite. El llamado de ella a la ciencia para que le fabrique un cuerpo al que no le falte nada, es delirante, cuestión que inaugura un ultraje del cuerpo que es sin límite porque adquiere valor erótico.

Perfeccionada una parte del cuerpo en esa mujer, inmediatamente salta a la vista el defecto en otra parte, así que el movimiento destinado a velar la falta se torna infinito. Tal como lo señala Lacan: “el momento de su triunfo es también el heraldo de su derrota”.[6] Crear el defecto pretendiendo velarlo, inaugura un ciclo que no se detiene, porque el hilo para salir de ahí que es la admisión de la falta y su reconciliación con la misma, no parece existir. Con la cirugía estética se pretende darle valor de falo a cada parte del cuerpo intervenida, pues hacía allí deberá dirigirse la mirada de un otro imaginario que convertirá dicha parte en causa de deseo. Sin embargo, lo que se desencadena en lo real es un irrespeto sistemático del cuerpo por parte de la ciencia, pues ésta lo corta sin ningún pudor.

Por último, digamos que, a juicio de Miller, Lacan inicialmente organiza “el psicoanálisis a partir de lo imaginario”, luego está el primer periodo de su enseñanza que se inicia con el “Discurso de Roma”, y que está organizado alrededor de lo simbólico”.[7] Por último, y particularmente en la última “enseñanza toma la senda de lo real”.[8]   Dice Miller que en los seis primeros seminarios Lacan procede a una confrontación de lo imaginario con lo simbólico. Distingue permanentemente “entre el contenido de imágenes que está en juego en la experiencia analítica y lo simbólico, que es el resorte mismo de la experiencia”.[9] Predomina pues inicialmente una preferencia por lo simbólico y posteriormente por lo real en la experiencia analítica, mientras que en el mundo contemporáneo parecen predominar las imágenes para esclarecer la verdad, por ejemplo, en el campo jurídico, el campo médico, el campo empresarial, también para vigilar y controlar.

¿Ha venido la imagen en la contemporaneidad a desplazar a lo simbólico de la palabra como elemento de constatación de la verdad? ¿En lugar de encontrarnos con un sujeto adecuado al significante, que quiere lo simbólico, nos encontramos con un sujeto adecuado a la imagen y que quiere conducirse conforme a ésta. Si esto es así, ¿qué pasa a determinar a dicho sujeto? Ahora no es tanto que el sujeto se embrolle con las imágenes y acuda a lo simbólico como un recurso para desembrollarse y volver al camino adecuado, sino que se fascina con las imágenes y las prefiere por encima de lo simbólico, que más bien parece desorientarlo e incomodarlo.

¿Podría decirse que eso que ahora mueve los hilos del sujeto son las imágenes, lo visual, y que el estado del sujeto se determina en función del ordenamiento de dichas imágenes, que suelen ser por cierto bastante floridas y evidentes? Si antes se trataba en un análisis de cómo hacer ingresar lo simbólico allí donde el sujeto aparecía enredado con lo que se solía llamar la obscenidad imaginaria, ahora se plantea cómo vaciar la evidencia de lo imaginario para así dejarse orientar por lo real en juego.

 


 

[1] J. Miller, El ultimísimo Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 79.

[2] J. Miller, El ultimísimo Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 71

[3] Ibíd, p. 115.

[4] Ibíd, p. 141.

[5] Jacques-Alain Miller, Conferencias porteñas, Tomo 2, Buenos Aires, Paidós, p. 2009, p. 98.

[6] Lacan Jacques, La relación de objeto, El seminario, libro 4, Buenos Aires, Paidós, p. 189.

[7] Ibíd, p. 201.

[8] Ibíd, p. 201.

[9] Ibíd, p. 202.

El título propuesto para el próximo ENAPOL VII es una oportunidad para actualizar el tema de la imagen. Pienso que es interesante tomar como punto de partida el sintagma “El Imperio de la Imagen”, pero en una dirección retroactiva, permitiendo visitar y examinar las elaboraciones freudianas, la relectura de J. Lacan en los distintos momentos de su enseñanza, y las últimas discusiones planteadas en nuestro campo de la Orientación Lacaniana sobre el lugar de la imagen.

¿Qué significa “El Imperio de las Imágenes”?

Sabemos por los registros de las primeras pictografias de las cavernas rupestres, que la imagen forma parte de la vida del ser hablante. Ciertamente, fue la importancia de la imagen y su relación con la luz lo que llevo a Aristóteles, en el siglo IV, a descubrir el principio de la cámara oscura, antecesora de la máquina fotográfica.

El hombre se deleita viendo sus imágenes, las de otros y de los paisajes próximos y distantes. La idea de fijar la imagen y conservarla condujo a Daguerre y Talbot a realizar innumerables investigaciones que inauguraron la posibilidad de fijar una imagen captada por la cámara oscura en una superficie.[1] Muchos avances tecnológicos permitieron posteriormente la invención del cine, de la televisión, de las computadoras y otros dispositivos. Hoy estamos acompañados por pantallas en diferentes dispositivos, en las cuales vemos imágenes variadas, aquellas que nos deleitan y alegran, y otras que nos hacen cerrar los ojos por el horror que provocan. Observamos en las calles, en los ómnibus, en las ciudades, mucha gente caminando como sonámbulos, arrastrando los pies, tropezando con los objetos, mirando fijamente una pequeña pantalla en su mano. ¿Muertos-vivos? ¿Jorobas del smartphone?[2] Escuché recientemente en la radio algunas recomendaciones a los viajeros: ¡¡No olviden mirar los paisajes!! ¡Saquen los ojos de la pantalla!

¿Por qué hablamos de imperio?

En términos del diccionario, el imperio es definido por una influencia irresistible, un poder ascendente, el predominio de la autoridad, una orden y un comando. A lo largo de la historia hubo innumerables imperios; de Roma, de los mares, el imperio francés con Napoleón Bonaparte, el imperio de la razón (Siglo de las Luces), entre otros.

Es innegable que estamos viviendo en esta época una fuerte influencia de las imágenes. Dependemos mucho más de lo que sabemos de las máquinas (computadoras, celulares), que nos mantienen inmersos en un torrente de imágenes. Y con sólo hacer la experiencia de pasar todo un día legos de ellas! Hay un caudal de imágenes que se deshacen al instante y otras que permanecen, dejando sus marcas, sea por su belleza, por el horror, por la alegría, por el humor. La imagen produce impacto y goce en todos nosotros. ¡¡Es un hecho!!

¿Qué lugar posible en la actualidad para el psicoanálisis, para el psicoanalista, frente a este imperio de las imágenes?

Recordamos aquí la expresión de James Joyce en Ulisesla ineluctable modalidad de lo visible,[3] por permitir situar algo de lo visible que nos atraviesa de forma inexorable.

El psicoanálisis descubre que todo imperio incluye un No todo, algo que no cierra y que se verifica a través de aquello que no funciona, que angustia, que nos paraliza. Es justamente eso que no camina, que incomoda, esa cosa oscura que habita cualquier imperio, inclusive el de la imagen, lo que puede abrir la entrada hacia el psicoanalista. Esa es la puerta de entrada del psicoanálisis.

En cualquier imagen, incluso en la más perfecta, se presenta un punto que puede ser traducido por una mancha, por un agujero, un hueco que revela que la imagen tiene poder pero hasta cierto punto.

Freud[4] partió de las imágenes de los sueños, de las imágenes de los recuerdos infantiles, de las fantasías, pero no quedó hipnotizado por ellas, y propuso un abordaje diferente: distanciarse de las imágenes para oir el relato del sujeto sobre éstas, cómo habla o subraya, qué lugar ocupan y cómo esto comanda su vida.

Los sueños, las fantasías, el narcisismo, la imagen del cuerpo, la castración, entre otros, denuncian la importancia y la fuerza de las imágenes, que forman parte de un capital del sujeto que no se comparte. Los fragmentos de lo visto y oído, poseen un impacto que se eterniza en los relatos de cada sujeto.

En otras palabras, el psicoanálisis ofrece un nuevo tratamiento de las imágenes: escucharlas. Frente al poder de la imagen, el psicoanálisis ofrece el poder de la palabra, indicando que ahí donde hay una imagen, de hecho hay un significante. Entre uno y otro significante, encontramos alojado algo irreductible a lo simbólico que J. Lacan denominó objeto a, cuya elaboración permitió repensar el campo escópico dando lugar a la separación entre lo visible y la mirada.

Lacan,[5] desde sus primeros trabajos, destacó la importancia y la fuerza de la imagen (causalidad psíquica), la traducción del narcisismo por el estadío del espejo, todo el trabajo de transmutación de lo imaginario en simbólico y, más tarde, su articulación con lo real, lo que promovió una reorientación del tratamiento analítico. Real que ha sido objeto de varias elaboraciones en estos últimos años en la AMP.

Cabe resaltar que la experiencia analítica nos indica que el poder de la palabra no elimina el poder de lo imaginario, uno no sustituye al otro, hay algo que resiste y es con esa resistencia que avanzamos, a partir de lo real.

Me interrogo si el frenesí de las imágenes y el goce concomitante en la vida moderna provocan una dificultad mayor de apertura al trabajo del inconsciente. ¿Será que hoy precisamos de más tiempo preliminar con los sujetos que nos consultan para poder dar inicio a un análisis?

Dejo esta pregunta como una invitación para desarrollar en los próximos meses de reflexión sobre el tema.

 

Traducción del portugués: Pablo Russo

 


 

[1]     Hacking, J., Tudo sobre fotografia, R.J., Sextante, 2012.

[2]     Diario O Globo, “Tuve un colapso por agotamiento”, por Melina Daboni, 29/11/2014.

[3]     Miller, J.-A. (1994-1995), Silet – Las paradojas de la pulsión, Rio de Janeiro, Jorge Zahar Ed., 2005, p. 251.

[4]     Freud, S., Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva Ed., 1976.

[5]     Lacan, J., Escritos, Rio de Janeiro, Jorge Zahar Ed., 1998.

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