El Boletín Asuntos! #27 es la ocasión para acercarnos a los aportes de seis colegas de la AMP aunados por un hilo conductor que revela la tensión entre lo estructural, lo que marcha solo, y lo que no anda, lo que resta, en lo concerniente a los asuntos de familia.

En primer lugar, Germán García conversa en una entrevista sobre «La familia y el psicoanálisis» y se pregunta: ¿qué es lo que aparece en el momento actual como problemático?, y nos sorprende con su lúcida interpretación: «No sé si la familia es algo más que un resto diurno», tomando la articulación entre la familia como transmisora de una matriz de intercambio inconsciente y el lugar de resto como causa, interpelándonos en tanto analistas, despojados como debiéramos de nuestro propio delirio familiar.

Luego, tres colegas de la EOL comentan una cita de Freud de 1900, extraída del texto «La interpretación de los sueños».

Susana Amado, en su escrito «Los restos del padre», encuentra en los giros semánticos, una sugerencia sutil de Freud respecto a la posibilidad de cambiar el articulador de la prohibición como estructural de la familia. De allí lanza a rodar su pregunta: ¿es posible la formación de la familia por fuera de la prohibición?

Gabriela Basz, en su texto titulado «Espectros», nos conduce a la obra homónima del dramaturgo Ibsen, en la que despliega la trama edípica inconsciente como destino ineludible, acentuando la vertiente siniestra de «la lucha inmemorial entre padre e hijo».

Andrea Brunstein realiza un contrapunto entre la cita freudiana y la lectura lacaniana del padre del tercer tiempo del Edipo, y lo ejemplifica con la serie Breaking Bad que muestra la decisión de un padre que, confrontado a la muerte, decide transgredir la ley a fin de sostenerse en su posición de padre proveedor.

El Boletín se enriquece con el texto de Vilma Coccoz, «Hacerse su familia», sintagma que hace jugar en su equivocidad y abre un recorrido por la enseñanza de Lacan, para abordar el alcance de la familia en la estructuración de la subjetividad, cuyo enigma en definitiva, «es el efecto de haber nacido de un malentendido». Lo ilustra con viñetas que muestran «la ética del discurso analítico destinada a alojar el cuerpo y sus pulsiones en semblantes». Un texto que resulta orientador para debatir la articulación familia-estructura-real en dirección al VIII ENAPOL.

Coronando este número, «El hogar no es un refugio», comentario sobre una perla del cine, galardonada en Cannes 2016, obra del talentoso director canadiense Xavier Dolan: «Es sólo el fin del mundo», quien al recibir su premio comenta: «Prefiero la locura de las pasiones a la sabiduría de la indiferencia». Inspirada en el estribillo de la canción que inaugura la película, «El hogar es lo que hiere», Daniela Fernández nos transmite el impacto subjetivo que provoca el tratamiento poético del lenguaje visual, corporal y verbal con el que el director nos sumerge en la opacidad de lo imposible de ser dicho de la novela familiar.

¡Imperdible!

Roxana Vogler (EOL)

«El hogar no es un refugio. Hogar, hogar, hogar, es ahí donde duele», es el estribillo de la enfática canción interpretada por Camille, que acompaña a Louis en su trayecto en taxi, desde el aeropuerto hasta la casa familiar. Luego de doce años de ausencia, el hermano escritor regresa para anunciar algo a su familia.

En los primeros minutos del film, justo antes de la canción, la voz en off de Louis advierte de la existencia de un misterio que no concierne más que a uno mismo. Desde el comienzo de la película, sabremos que el misterio del protagonista no nos será revelado.

Es sólo el fin del mundo, del prodigioso Xavier Dolan, es un huis clos «castaño y azul», basado en la obra de teatro de Jean-Luc Lagarce. «Es una película sobre el lenguaje», señala el realizador en Cannes.

Es a través de la mirada de Louis, que contemplaremos con desprecio a su madre, su hermana menor, su hermano mayor y su cuñada; tan íntimos y tan extranjeros. «¡Familias, las odio!», escribió André Gide.

Estos cuatro personajes -que reciben con ansias a aquel que partió-, hablan, y no paran de hablar: cascadas de palabras, repeticiones, contradicciones, una logorrea agotadora. Dirigen reproches y preguntas a Louis, responden en su lugar.

Louis los mira. Por momentos, parece escucharlos. A veces, se evade, gracias a los dos flashbacks que Dolan introduce para sacarnos por un instante de la asfixia del almuerzo familiar: no más palabras, sino música, no más castaño azul, sino colores cálidos. El primero, muestra a Louis niño corriendo feliz con su hermano mayor, en un paseo familiar dominguero. El segundo, lo muestra adolescente, escapando por la ventana, luego de un encuentro amoroso con un joven.

Nunca sabremos por qué Louis partió hace doce años, los flashbacks del pasado no aportan ninguna elucubración, no explican nada. Nunca asistiremos tampoco al anuncio de Louis, que se despedirá de su familia sin haberles dicho nada en particular.

Si la palabra es un modo de satisfacción específica del cuerpo hablante, ¿por qué no pegar la lente de la cámara al cuerpo? Así, mediante el uso abusivo de los primeros planos, Dolan escrutará los mínimos gestos de los rostros de sus personajes, en especial los de Louis y su cuñada, para mostrarnos: cómo ella lo mira a él, cómo él la mira a ella; reconstruyendo cada parpadeo. Con su cámara «quirúrgica», enfoca lo que no dicen, convirtiendo en abstracción los dichos de los otros personajes.

En su sexto film, nuestro joven realizador no resuelve la opacidad de lo real con la novela familiar de la verdad, sino que intentará mostrar el decir imposible, «librándonos el acceso al lugar de lo que no puede verse».

NOTAS

  1. La lectura del film que aquí propongo, responde a la tesis que Nora Silvestri nos presentó en la Conversación de ENAPOL que ella anima bajo el título «Asuntos de familia en el inconsciente». Allí, ella nos invitó a elaborar qué familia correspondería a cada concepción del inconsciente que encontramos a lo largo de la enseñanza de Lacan.

Potestas patris familias

«Aún en nuestra familia burguesa, el padre, negando a su hijo la independencia y los medios para procurarla, suele favorecer el germen del desarrollo natural de hostilidad contenido en esa relación. El médico observa hartas veces en el hijo que el dolor por la pérdida del padre no puede sofocar su satisfacción por la libertad al fin alcanzada. Los padres suelen aferrarse espasmódicamente a lo que en nuestra sociedad queda de la ya anticuada potestas patris familias, y todo poeta que, como Ibsen, ponga en el primer plano de su fábula la lucha inmemorial entre padre e hijo puede estar seguro de la impresión que causará».

Freud, S., (1900) «D. Sueños típicos», La interpretación de los sueños. Obras completas. Tomo IV. Buenos Aires: Amorrortu. 1976, p. 266.