Alba Alfaro (NEL-Maracay)
Alfonso Gushiken (NEL-Lima)
Gloria González (NEL-Bogotá)
Gerardo Réquiz (NEL-Caracas)
Juan Fernando Pérez (NEL-Medellín, redactor)

«El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene.
En realidad no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia»Lacan

Si, como lo sostiene F. Naparstek, un análisis «es una réplica de la vida»,[1] entonces ha de esperarse necesariamente que el cuerpo sea el principal protagonista de esa réplica. Allí la palabra vida, es decir el cuerpo de la vida, y la doble acepción del término réplica, ponen de relieve lo afortunado de la expresión de Fabián. Ello concuerda con lo que Freud, Lacan, Miller y muchos analistas más han destacado acerca de la naturaleza de un análisis. Si a lo anterior añadimos que un testimonio de un pase es una réplica reflexiva de una experiencia analítica, se impone pensar que en esos testimonios han de hallarse las huellas principales de lo que suscita un análisis a su protagonista principal, el cuerpo. Es sobre esta base, si se quiere obvia, que fuimos a indagar en diversos testimonios, qué pasa con el cuerpo al final de un recorrido concluido.

Se exponen a continuación resultados del trabajo de un cartel en la NEL cuyo tema ha sido el cuerpo y el final de análisis.[2]

1. De una pacificación del cuerpo en los testimonios del pase
En un informe conclusivo de un cartel del pase, S. Cottet señala que «la historia de un análisis parece esquematizarse vía tres elementos más o menos articulados: la novela familiar, los síntomas y la interpretación».[3] Y al precisar cómo se despliega cada uno de esos elementos y cómo se enlazan, es posible reconocer, casi siempre y de una manera más o menos visible, que el cuerpo está en juego en cada elemento y que es el que facilita el enlace. Muchas veces lo hace a través de su lugar en todo lo que para el sujeto implican los avatares de la castración; otras, a través del fantasma, suscitando efectos múltiples; otras, en la producción y eventual solución o permanencia de un síntoma; o se le encuentra también en las fijaciones y mutaciones de goce, o afectado por las interpretaciones que depara un análisis. Siempre el cuerpo aparece en primer plano en la escena analítica. No insistiremos demasiado sobre ello. No obstante ser esa sustancia lo que define y enlaza, ¿se podrá afirmar que el cuerpo siempre se halla en primer plano en los testimonios de una cura?

El examen de varias de esas narraciones sorprende en ocasiones por cuanto si bien el cuerpo nunca es ignorado allí, no siempre éste es señalado explícitamente como su principal protagonista, en particular en los finales de análisis. Otras dimensiones de la empresa analítica son señaladas en ese trance como las que ocupan el primer plano.

Lo anterior suscita una primera pregunta: ¿cuál sería el estatuto del cuerpo cuando éste, y como producto de un análisis, se lo encuentra a menudo ya más como testigo amable y silente y no como el obstáculo obstinado para la vida, como el protagonista de goces que trastornan y suscitan sufrimientos, que es lo que tipifica el recorrido? Bajo las circunstancias del final, ya el analizante no parecería ocuparse muy explícitamente de las urgencias y formas que construyó en su vida para tratar de arreglárselas con el cuerpo. Esto sucede y queda registrado en diversos testimonios (no en todos), en tanto lo que ahora interesa es por ejemplo, reconocer cómo se lograron por fin superar ciertos prejuicios propios del discurso de la época, o la pasión por el sentido, y desde allí cómo se advino a la definición de su deseo de analista; o cómo se produjo una corrección subjetiva necesaria en el decir que permitió interrogar el horror al saber para finalmente dar acceso al bien decir; o cómo el analizante se compromete en ejecutar el proceso de destitución del SsS sin que ahora lo corporal parezca ser asunto de mayor significación explícita; u otros hechos cruciales que suceden en los análisis cuando éstos se aproximan al final en el que su elaboración es condición de su progreso último. Y entonces, en tales circunstancias, lo corporal parecería tornarse en algo discreto.

Tales hechos serán los prioritarios en no pocos casos de los finales de análisis. ¿Acaso este fenómeno ha de pensarse a la manera en que desde el siglo XIX la medicina ha tendido a concebir la salud, es decir como el silencio de los órganos? La comparación seguramente disguste a algunos analistas por cuanto en un análisis no se trata de salud, menos aun de salud mental; pero la invocación de esa comparación no nos resulta del todo inoportuna, pues los finales de análisis hablan también de la construcción de una capacidad para un bien vivir, de la capacidad para el trabajo creativo y para el lazo social ya desprovisto el sujeto de la creencia en la existencia del Otro. Y allí un cierto silencio en el protagonismo del cuerpo resulta significativo. ¿Pudiera así decirse que el silencio sobre la carne sería signo de una conquista subjetiva valiosa, donde la sustancia llega a tornarse muchas veces en testigo amable de un proceso en el que le ha procurado una suerte de pacificación y que tolera sin queja mayor las incomodidades que implica el ser de todas formas la sustancia gozante? Ello parecería corroborarse aun en aquellos casos en los que el cuerpo permanece en el primer plano en un final de análisis.

Sucede que cuando han quedado atrás diversos fenómenos relativos al cuerpo que el análisis permitió elaborar, se goza tranquilamente de eso que Lacan llama «su única consistencia». Veamos algunos ejemplos:

Ana Lucia Luttherbach cuenta cómo el significante «bella» disponía de gran fuerza en su existencia en tanto era «el significante de una identificación fálica que irá a contornear el sin límite de lo femenino, una especie de piel, un continente para lo que no se contenía….»;[4] esto es, era el medio hallado para hacer existir La mujer, y que, a través del peso del mismo, se veía conducida a impasses tortuosos en su discurrir regular por la vida. Esto, hasta que ese significante «bella» alcanza un sentido cómico y el cuerpo se pacifica en la escalada histérica que le implicaba ese relieve de la belleza. Vendrá luego la elaboración de esa ruptura con aquella senda difícil en la que el cuerpo bello que, como velo, se hallaba en primer plano, para que otros hechos, como el consagrarse al amor sin estridencias o el hacer existir el psicoanálisis, lleguen a ser los determinantes de su existencia. Y el testimonio dirá del cuerpo en el final de análisis que éste se ha tornado en un amistoso y discreto aliado del sujeto.

Leonardo Gorostiza por su parte, cuenta que en un cierto momento de su análisis cesaron definitivamente unas cefaleas muy intensas y las fotofobias derivadas de ciertos excesos en el goce con el cuerpo, y que algunos dolores musculares también lo hicieron, para así abrir paso a la identificación de su sinthome. También subraya la presencia destacada que ha tenido en su vida el objeto mirada, finalmente puesto al servicio de fines en los que el cuerpo ya no padece. Ciertamente Leonardo comprende el sinthome con Lacan, como acontecimiento del cuerpo. Pero lo que los testimonios suyos aquí examinados cuentan del final en especial, es cómo, al darse una alianza con el goce «sin medida», se torna posible ahora el surgimiento del deseo del analista, así como el esclarecer para sí el estatuto de la verdad frente a lo real, o el definir un nuevo lugar para el padre, o el trabajo subjetivo que le implica hacer existir el psicoanálisis u otros hechos en los que el cuerpo parecería ya ser esencialmente un protagonista discreto y amable de su existencia.

En los testimonios de Luís D. Salamone el cuerpo siempre será protagonista de primer plano desde principio hasta el final del análisis. Así hechos como los dolores de cabeza y de estómago, los terrores de muerte y el ser carcomido por los gusanos, la presencia de una sed insaciable, u otros hechos corporales, aparecen como hechos centrales de su recorrido. Pero se llegará al momento de conseguir una nueva alianza de goce con relación a la sed por ejemplo, para tornarse ésta ahora en «intereses sedientos», que abren paso a una verdadera posibilidad de creación. A veces pareciera que en sus testimonios se confunden sujeto y cuerpo. Hay momentos en los cuales no sabemos bien si habla de uno o de otro, puesto que se refiere indistintamente a ambos. Lacan destaca este hecho en el seminario sobre la angustia cuando discute la relación del cuerpo con el objeto a y el soporte que encuentra el sujeto en ese objeto, para indicar, igualmente, que hay un soporte del sujeto en el cuerpo, pero no una fusión. De allí Lacan puede decir que el sujeto no es un cuerpo, que tampoco lo tiene, sino que establece una relación con él. Esa relación al hacerse ya discreta en Luís Dario, sería aquello que finalmente conquista como ser hablante y de lo que testimoniará como algo esencial que su análisis le deparó.

G. Briole, habla por ejemplo de cómo un signo de una enfermedad (orina marrón, para hepatitis), reconocido en circunstancias peligrosas para su vida y en medio de cadáveres, resultó ser el suceso que desencadena su primera demanda de análisis, esa vez a Lacan. Se trata de un signo que, como herida, se enlazará con otra, esta ritual (su circuncisión), para llegar a convertirse en los hechos que comenzarán a develarle la especificidad del peso de lo corporal en su existencia, desde luego ya puesto de presente, quizás sin saberlo, por su condición de médico.

Luego, un tercer análisis es promovido de nuevo por lo corporal, una afonía, y será ahora la comprensión del pasaje del desprendimiento del cuerpo en Joyce («el cual cayó como una cáscara»), lo que le permitirá poder desprenderse de los efectos de la fijación a aquel pequeño «pellejo» de su vieja herida infantil, que le regía: la constante demanda de amor y su ideal de ser «salvador de vidas», determinada por las circunstancias en que vivió su circuncisión. El cuerpo cruza pues todo su recorrido analítico, hasta el final, cuando será la recuperación plena de su voz lo que le permite establecer que ésta podrá ahora ser instrumento para querer dirigirse al otro de distinta manera, esta vez a la Escuela.

De nuevo el cuerpo pasa a ser, luego del final, esencialmente un medio, una presencia cómplice y discreta. Y merece ser notado al respecto que P. Bosquin-Caroz,[5] y C. Menghi[6] señalan algo muy similar a G. Briole, al destacar como su voz, viva y presente ya en su cuerpo al final, deja de ser obstáculo para sus vidas cotidianas y queda ahora al servicio de la causa analítica, para convertirse en medio y no en lastre en todos ellos.

En testimonios de E. Paskvan se puede reconocer como el cuerpo es protagonista principal del análisis en tanto primó un horror al saber y que en la defensa de ese horror establece barreras que le impiden construir un bien decir, lo que suscita efectos que ha sufrir el cuerpo. Se trata, como pregunta asediante, del cuerpo de la Otra que, como enigma y causa de goce sintomático, producía fenómenos fóbicos que acompañaron una parte importante de su existencia. Ciertos significantes resonaban desde allí en el cuerpo, haciendo síntoma. Una vez franqueado el horror de saber, el cuerpo, ya pacificado, no será de nuevo destacado, y se referirá ahora a la forma en que consiguió elaborar un bien decir con el apoyo de la investigación en torno a tesis de Lacan y otras fuentes, todo lo cual va a ordenar una de sus narrativas del final de análisis.

El estatuto particular de lo corporal en los testimonios examinados de Silvia Salman, podría acaso entenderse como un cuestionamiento a la interpretación global que hemos propuesto acerca del cuerpo en los finales de análisis, en tanto éste, en su caso, pasaría a un primer plano al final de la experiencia. Los significantes que Silvia extrae a través de su recorrido, y como si hallaran un encadenamiento lógico con el cuerpo, destacan de manera visible que éste pasa de definirse como algo que también estuvo desanimado y fue huidizo, a una posición en la que consigue reconocerse en la posibilidad de estar animado al final del análisis, al limitar el goce que el engranaje sintomático mantenía oculto, para finalmente quedar encarnado, anudado y presente. Pero en esa mutación de goce reconocemos más bien que lo que se produjo fue una nueva alianza con el cuerpo en la que éste dejó de ser el instrumento para el montaje sintomático, para ahora procurarle una posición más liviana, no doliente frente al goce.

Cabe agregar en el contexto de estas proposiciones algo de especial importancia en lo que Silvia establece a partir de su último tramo de análisis: la significación del cuerpo del analista, mencionado también en otros testimonios (por B. Seynhaeve, por ejemplo), pero que Silvia pone de relieve de manera singular. Describe al analista como «aquel que aporta un cuerpo», como aquel que hace resonar, con su cuerpo, un goce pulsional que se hallaba estancado en ella en un saber sin consecuencias, para producir así una mutación de goce decisiva. Es una forma notable de considerar esta dimensión de la temática aquí explorada y la cual permite afirmar que el cuerpo del analista podrá llegar a ser activo en diversas circunstancias puntuales, como agente principalísimo de la interpretación.

Testimonios como los indicados y aun otros más, al considerar el cuerpo ahora como si se tratara de una presencia discreta, parecerían construirse bajo la impronta de esa satisfacción que Lacan señala en el «Prefacio…» (1977) como necesaria en un final de análisis, cuando ya el analizante ha conseguido ir desde un inconsciente transferencial hasta su inconsciente real y ha cesado en sus ambiciones relativas a la verdad, al apropiarse del carácter de la verdad como mentirosa. Es como si el cuerpo, ahora como S1 solitario, no exigiera verdades que decir, si bien es reconocido como el lugar del goce. Quizás cuando el cretinismo deja de ser una esperanza (como lo destaca A. Vicens de su final), el cuerpo deja de ser elevado al primer plano.

Veamos ahora otro plano de la temática examinada, o si se quiere, consideremos el asunto como algo moebiano y veamos entonces su continuidad.

2. Los restos sintomáticos o del sinthome
Esa cierta mesura y discreción del cuerpo que acabamos de reconocer en varios testimonios, sin embargo no es ajena a lo que se designa como «restos sintomáticos»; es decir, lo incurable del analizante, aquello que Lacan nombra como lo que no cesa de no escribirse, también como el sinthome, lo cual define las aporías de cada goce. Tales restos pueden localizarse o no visiblemente en el cuerpo. Aquí son de especial interés aquellos más visibles en el orden corporal, reseñados en diferentes contextos relativos al pase. Esos restos, ya que son «fragmentos de escritura y trozos de real», poseen una cristalización tal, que su lectura se hace muchas veces enigmática a quien los reconoce desde los testimonios conclusivos, tal vez porque vienen a sellar el máximo reconocimiento posible de la diferencia absoluta, si bien, a la par, introducen la pregunta por la enseñanza sobre ésta. No siendo objeto de un «para todos» como enunciación, se abre el asunto de lo que enseñan al psicoanálisis. Veamos primero algunos extractos de testimonios conclusivos.

Monribot habla de una «fiebre residual» a su análisis que aparece aun en ciertos en momentos de su vida después del final, lo que en otras épocas fue motivo de padecimientos importantes; aun está presente, pero ahora solo como un síntoma circunstancial no tortuoso.

Un tic insiste en el cuerpo de M.-H. Roch luego del final; acerca de éste, la analizante consigue finalmente asumir una posición en la que la impotencia que el mismo le implicaba (y que causó su demanda de análisis) no es ya lo determinante de esa presencia.

C. Menghi habla de la voz que resta en ella que, como una especie de voz interior, era portadora de la desesperanza y la cual le acompañó dolorosamente, aun en su cuerpo, casi hasta el final. Ahora esa voz atenuada, que no obstante subsiste suscitando efectos, se encuentra situada en «un Otro debilitado»,[7] como instrumento útil que le pone en evidencia la loca ilusión de la curación absoluta.

En Silvia Salman su «encarnada», como nombre del sinthome, le pondrá un límite al «no dejarse agarrar» que atormentó en ella el amor en especial, para determinar así una «ganancia del cuerpo» (como designa E. Laurent el hecho), no sin que subsista «un cierto modo de ausentarse».[8]

Angelina Harari cuenta en sus testimonios que consintió a un dejarse engañar de «todohombre» como manera de hacer existir La mujer y gozar así, «clandestinamente» del erotismo, a veces empujada por sus analistas primeros. Llegará al final, a través de un tercer análisis, a hacer pareja de manera singular, al poder «finalmente consentir al hecho de ser una mujer no toda para el Uno«, [9] según lo destaca el informe del cartel B9 de la ECF acerca de su caso, cuando precisa la naturaleza de aquel goce que resta más allá de pase. Éste, insiste, en palabras de Angelina en algo que «pasa por el goce de las lenguas en plural», y para lo cual, dice, «no hay cura».[10]

Gustavo Stiglitz padeció de distintas formas de adormecimiento, lo que lo presentaba siempre como «ido» ante el Otro. Esto acompañado de un insomnio nocturno y de una dificultad pertinaz para levantarse. Si bien el psicoanálisis lo hizo despertar, hecho que le ha reportado un mejor vivir, el despertar matinal no sigue siendo fácil y requiere de su partenaire que, como amor sintomático, le dice en tales circunstancias un «háblame» dulce que le engrana con la realidad.

3. A manera de conclusión
Nos preguntamos por ese litoral entre lo resuelto en el cuerpo y lo que insiste allí como resto sintomático. ¿Acaso es que lo pacificado se encontraba más sólidamente enraizado en lo simbólico o en lo imaginario, y lo que insiste está anudado a un real que el análisis no consigue afectar? Al menos en Monribot el hecho parecería ser de este orden. Él inicia su recorrido por la vida bajo una severa amenaza de muerte, amenaza impregnada en gran parte por graves estados febriles que no solo dejarían una marca en la subjetividad, sino también en algunos órganos. Otros testimonios no permitirían considerar claramente una tal hipótesis, que sin embargo merece explorarse.

De otra parte está la cuestión de los restos sintomáticos y el sinthome. Éste, como lo acogen de Lacan varios testimonios, si ha de entenderse como un saber arreglárselas con algo sintomático que ya no tiene solución, es la mejor forma de designar los restos sintomáticos. Una tal equivalencia tiene consecuencias en el examen del tema, consecuencias no siempre tenidas en cuenta, ya que no queda, sea por caso, la opción de definirlos como una forma de la resignación.

Resta por subrayar al menos el uso del cuerpo por parte del analista como agente de la interpretación y su implicación en especial en los progresos de una experiencia analítica. Quizás…


Bibliografía

  1. Naparstek, p. 49
  2. El objetivo central en el cartel fue por tanto el de establecer elementos de respuesta a la pregunta relativa a lo que puede hallarse en los testimonios acerca de los efectos de la experiencia analítica en el cuerpo.
    Destaquemos que la construcción de una elaboración consistente al respecto exige considerar planos como la clínica psicoanalítica de los acontecimientos del cuerpo, la teoría del final de análisis, el estatuto teórico de lo que se da en llamar «la clínica del pase», asuntos epistemológicos tales como lo que autoriza a pasar de lo singular a alguna forma de generalización, entre otros problemas principales. Aquí se habla desde ángulos distintos acerca de tales temas, algunos de manera implícita si bien han sido tenidos en cuenta.
    Las reuniones se efectuaron por internet entre cinco miembros de la NEL durante cerca de cinco meses del año 2013, si bien, durante ese período hubo igualmente un intercambio significativo entre sus miembros por correo electrónico. El cartel fue conformado a partir de la propuesta de trabajo formulada por la Comisión Científica de ENAPOL 6. Para el efecto se examinaron y se sometieron a discusión diversos testimonios de pase, en los cuales se trató de privilegiar especialmente la problemática indicada, además de haber considerado una bibliografía específica referida al tema, entre ellos algunos informes de comisiones del pase y crónicas de congresos de la AMP donde se reseñaron sesiones sobre el pase. Otros testimonios conclusivos, adicionales a los indicados, fueron igualmente tenidos en cuenta en el cartel, aun cuando no fueron objeto de un examen detallado.
    Los testimonios de pase elegidos por uno u otro cartelizante y que fueron examinados durante el trabajo del cartel son de los siguientes AE: Guy Briole, Leonardo Gorostiza, Angelina Harari, Ana Lucia Luttherbach Holch, Patrick Monribot, Estela Paskvan, Marie-Hélène Roch, Luís Darío Salamone, Silvia Salman y Gustavo Stiglitz. No todos ellos son objeto de un examen muy específico en este texto, pero sus proposiciones incidieron en su elaboración. Entre aquellos que también fueron tenidos en cuenta para algunas referencias puntuales, aun cuando no discutidos en el cartel sino parcialmente, se hallan testimonios de Patricia Bosquín-Caroz, Marie-Hélène Brousse, Florencia Dassen, Gabriela Dargenton, Araceli Fuentes, Aníbal Laserre, Celine Menghi, Ana Lyda Santiago, Bernard Seynhaeve, Hebe Tizio, Mauricio Tarrab, Luís Tudanca y Antoni Vicens.
  3. Cottet, p. 134
  4. Lutterbach, a, p. 16
  5. AMP, varios, p. 313
  6. Menghi, C., p. 53.
  7. Menghi, C., p. 53.
  8. Salman, S. (b), p. 55.
  9. Bassols y otros, p. 144.
  10. Harari, A. p. 49.