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¡ME DIVIERTO!

Cecilia Fasano

Agradezco al Comité por la invitación a estas Conversaciones, a las relatoras —Flory Kruger y Alessandra Pecego—, así como al grupo de trabajo por el valioso texto[1] que nos han dejado como referencia. Es verdaderamente un gusto participar.

Organicé mi comentario en cuatro puntos y lo titulé con un neologismo: Gociferando, término que rescato de Oliverio Girondo, ese poeta argentino que supo llevar la palabra hasta el límite de su sonoridad y de su invención.

El niño gociferando se divierte

“Siempre tengo cinco años” .[2] Esta frase, que Jacques-Alain Miller escuchó decir a Lacan en un ámbito privado y luego decidió hacer pública, abre una clave clínica y ética. Nos invita a pensar el lugar del niño —ese que insiste en cada sujeto— y la alegría, como experiencia posible en un análisis.

1.      Lo infantil y la alegría

Tomemos como punto de partida el comentario de Lacan: “La dimensión de la alegría (…) supera la categoría del goce de un modo que sería preciso destacar. La alegría implica una plenitud subjetiva, que merecería ser comentada”. [3]

Esta mesa nos invita a ese desafío, intentaré hacerlo, aun sabiendo que hablar de alegría en tierras brasileñas puede sonar redundante o incluso impertinente.

Cuando Lacan afirma que la alegría supera al goce, conviene leerlo no como una jerarquía —la alegría por encima del goce—, sino como un desborde. La alegría se articula al goce, pero no se reduce a él: introduce un plus ligado al acto de decir, al hallazgo inesperado que surge en el hiato que abre el decir mismo.

Para precisar de qué hablamos, conviene distinguir la “alegría lacaniana” de la perspectiva clásica cartesiana. Para Descartes, en Las pasiones del alma (art. 91), la alegría es “una emoción del alma causada (…) por la impresión de cosas buenas que le pertenecen”, es decir, un afecto ligado al reconocimiento de un bien. En Lacan, en cambio, es un acontecimiento subjetivo, vinculado al encuentro con el deseo propio, no con el bien: efecto de un acto, ligado al decir, al hallazgo, a la invención. En todo caso —en el mejor de los casos— la alegría puede ser efecto del tratamiento del sinthome, cuando alguien encuentra un modo singular de hacer con su goce.

Lacan confiesa: “Todos saben que soy alegre […] No soy triste. O más exactamente, tengo una sola tristeza, […] y es que haya cada vez menos personas a quienes les pueda decir las razones de mi alegría, cuando las tengo” [4]

Este pasaje muestra que su alegría no tiene nada de ingenua ni edulcorada: es una posición subjetiva que conoce su reverso: la tristeza de no poder transmitirla.

La frase “Siempre tengo cinco años” señala un modo de estar en el mundo: alegre, divertido, chiquilín; índice de una satisfacción singular, inimitable. No es casual que al final de su enseñanza, Lacan dijera: “Soy un payaso. Sigan el ejemplo, ¡y no me imiten!”.[5] Estas palabras revelan su estilo, bautizado por Miller como “estilo mock-heroic”, antitrágico, paródico.

Miller precisa que se trata de “una edad anterior a la edad de la razón, cuando el deseo y la demanda coinciden en la exigencia, que no admite el “no” del otro”. El detalle no es menor: una “edad anterior a la razón” no es nostalgia evolutiva, sino estructura que persiste en el sujeto. En esa coincidencia precaria entre deseo y demanda puede irrumpir cierto júbilo o lo que llamamos alegría.

La noción de “edad de la razón” cuestiona la idea de que la maduración intelectual pueda fijarse a una cronología: esa fantasía educativa según la cual, llegado cierto momento, el niño se volvería sensato y dejaría de preguntar o decir tonterías. Por el contrario, el sujeto se constituye en una hiancia entre saber y no-saber. La razón misma está agujereada por el inconsciente. De ahí que Lacan —siguiendo al poeta Francis Ponge— haga resonar “razón” con “réson”, para indicar que lo simbólico no se reduce a lógica o sensatez, sino a resonancias significantes.

Entre las múltiples facetas de Lacan se destaca ese rasgo lúdico. Tanto en su enseñanza como en su vida personal cultivó la teatralidad y el humor. Algunos testimonios evocan a un Lacan organizando recepciones, disfrazándose y divirtiéndose: un estilo vital que muestra cómo lo infantil formaba parte de su modo singular de estar en el mundo.

2.      Una edad que no progresa

Freud, en Tres ensayos de una teoría sexual, hablaba de un “talante alegre” propio de la infancia, que acompaña la curiosidad sexual y la exploración del mundo, y que suele perderse con los años.

El verso de William Wordsworth —El niño es el padre del hombre— señala algo semejante: lo infantil no se supera, sino que retorna, se reinscribe, se cifra en el síntoma. La intuición poética y la enseñanza de Lacan coinciden en una idea decisiva: no hay maduración ni progreso lineal.

La experiencia analítica lo confirma una y otra vez: quienes se disponen a hablar, inevitablemente recurren a su infancia. No se trata de una simple vuelta atrás en el tiempo, sino de la manera en que lo infantil se actualiza en el presente.

¿Cómo pensar, entonces, un tiempo que no avanza en línea recta? Aquí el futuro anterior ofrece una pista. Lacan lo introduce para designar “lo que habré sido para lo que estoy llegando a ser”. Este desfase implica que algo sólo después se reconoce como inscripto. Por eso, crecer no equivale a progresar, sino a escribirse de otro modo: la determinación del sujeto se juega siempre de manera retroactiva.

Esta lógica no es abstracta: en análisis, se verifica en la sorpresa de reconocerse en algo que será y que, sin embargo, ya estaba anticipado. Esa temporalidad —la del inconsciente— abre a lo no realizado, a lo imposible que insiste, y en ese hiato hace surgir al sujeto. El “habrá sido” descoloca toda cronología lineal y reintroduce lo infantil en el presente.

3.      La lengua y el disparate

Si a Lacan le fascinaba el estilo burlón, paródico, desmesurado de Rabelais, es porque allí la lengua se vuelve goce: juegos sonoros, desplazamientos de vocales y consonantes, invenciones disparatadas. Rabelais explota la función poética del lenguaje, acercándose a la noción lacaniana de inconsciente.

El escritor argentino, Macedonio Fernández, decía que “La bufonada ilimitada de los buenos muchachos de Rabelais era una Carcajada Juzgadora de la Realidad”.[6] Esa bufonada no es un mero juego literario: es una carcajada que juzga, no en sentido moral, sino en clave macedoniana, ridiculiza lo solemne, desarma lo absoluto y muestra que la realidad está incompleta.

Algo semejante leemos en Montaigne, cuya literatura despliega una lengua con “saltos y gambetas, piezas deshilachadas”, [7] que anticipa el “sin ton ni son” propio del Uno de lalengua con la que goza el cuerpo.

También lo encontramos en el neologismo de Oliverio Girondo, “gociferar[8], formidable condensación de «gozar» y «vociferar», donde el goce y la lengua enredan sonoridades que bordean lo ininteligible. Aquí el goce se manifiesta como un disparate creativo, capaz de inventar un sentido nuevo.

La curiosidad y la sorpresa de los cinco años mantienen el contacto vivo con la lengua, antes de que quede encorsetada por la gramática y el sentido. El niño aún está cerca de esa lengua que recibió del Otro en forma de ecos, ritmos, juegos sonoros no del todo codificados. La alegría surge de ese uso lúdico: gozar de la lengua como materia y no sólo como vehículo de comunicación.

Son esos escritores —Rabelais, Montaigne, Girondo, Macedonio y tantos otros— quienes nos enseñan que el goce es inseparable de lalengua: un uso singular de los sonidos que cada cuerpo recibe del Otro. Allí el goce no pasa por el sentido, sino por el equívoco. Esa disposición a recibir lo inesperado refleja el niño de cinco años que Lacan supo conservar.

En este punto conserva toda su potencia, la famosa frase de Lacan que hemos escuchado hasta el cansancio y que a fuerza de tanto repetirla parece perder fuerza:La única ventaja que un psicoanalista tiene derecho a sacar de su posición (…) es la de recordar (…) que el artista siempre lo precede y que no tiene por qué hacerse entonces el psicólogo allí donde el artista le abre el camino””[9]

4.      La alegría en la clínica

En la experiencia analítica, la alegría irrumpe como un afecto clínico inesperado: efecto de haber tocado algo de ese “real que no envejece”, eco de lo infantil.

Al final del análisis —los testimonios del pase así lo demuestran— la alegría se hace presente cuando lo infantil se aloja como invención, cuando alguien encuentra un modo propio de hacer con su goce. Esa alegría no es sólo un afecto, sino una posición ética: la alegría del sujeto que asume su responsabilidad frente a su modo de gozar.

Miller lo presenta con humor: “El pase solo tiene sentido si la tragedia queda en el pasado, y si ahora señor, con la trama de su tragedia (…) sabe inventarnos alegremente alguna pequeña comedia, (…) ¡actúelo para nosotros cuando se levante el telón![10] ¿Hay algo más lúdico que eso?

Eric Laurent, en su texto “Hacia un afecto nuevo” retoma a Bernardino Horne[11], primer AE del Campo Freudiano, quien señalaba que el pase es una ganancia de saber acompañada de entusiasmo. Lacan mismo hablaba de un afecto inédito: un saber alegre (gay savoir), perceptible en el “relámpago” del final al encontrar un modo singular de hacer con el propio goce. Descubrir “el paño del que se está hecho”, abre la posibilidad de inventar una regla nueva de uso del síntoma. [12] 

 La gaya ciencia[13] —término derivado de la tradición de los trovadores de la Edad Media, que designaba el arte alegre de la poesía amorosa— es retomada por Lacan en el linaje nietzscheano, pero desplazada para interrogar el lugar del saber en psicoanálisis: un saber jovial, ligado al decir y al goce. En este linaje, la gaya ciencia nombra el saber hacer con el síntoma, la invención singular que puede surgir al final de un análisis.

 “¿Qué alegría encontramos en nuestro trabajo?”[14], se pregunta Lacan. Una interpelación que conviene tener presente, tanto en la clínica como en la enseñanza.

En suma, el niño gociferando se divierte, es la imagen que nos regala Girondo y que Lacan supo encarnar a su manera. La carcajada juzgadora de la realidad de Macedonio, como la alegría en análisis, desarma lo serio, descompleta lo absoluto y abre un espacio para inventar. Esa es la apuesta ética que nos concierne.

Para finalizar, una pequeña confidencia: en lo que respecta al dominio del portugués, también siento que tengo cinco años, y si logro sortear la impotencia de tal analfabetismo ¡me divierto!

Cecilia Fasano

[1] Relatores: Alessandra Pecego (EBP) y Flory Kruger (EOL): https://enapol.com/xii/wp-content/uploads/sites/10/2025/08/Me-divierto-1.pdf

[2] Entrevista a JAM realizada por el periodista Eric Favereau para el periódico Libération (2001) 

[3] Lacan: Seminario 1 Los escritos técnicos de Freud, Paidós.

[4] J. Lacan: “Alocución sobre las psicosis del niño” (1967) Otros escritos. Paidós

[5] J. Lacan: Intervenciones y textos 2 “La tercera” (1974) Paidós

[6] T. Rutinelli: Macedonio: El hombre de la gran carcajada”, Revista Oropel recuperado en: https://revistaoropel.cl/index.php/2021/10/15/pasajes-intimos-del-adentro-y-el-afuera/?utm_source=chatgpt.com

[7] N. Kiés: “Decir” Revista Ornicar? N° 1 Grama

[8] O. Girondo: Poema “Al gravitar rotando” recuperado en: https://poemario.com/gravitar-rotando/#google_vignette

[9] J. Lacan: “Homenaje a Margerite Duras” Otros escritos. Paidós

[10] J.-A. Miller: Cómo terminan los análisis. Grama

[11] B. Horne: “La caída del objeto fue acompañado por alegría, entusiasmo y admiración por el psicoanálisis”. Fragmentos de una vida psicoanalítica. Grama

[12] E. Laurent “Hacia un afecto nuevo” Virtualia 14

[13] J. Lacan: “En lo opuesto a la tristeza, está la gaya ciencia [gay savoir], la cual es una virtud […] que consiste: no en comprender en morder en el sentido sino en pasar rozándolo lo más cerca posible sin que él haga de liga para esa virtud, para con ello gozar del desciframiento”. “Televisión” Otros escritos. Paidós

[14] Lacan: “Alocución sobre las psicosis del niño” (1967) Otros escritos. Paidós