Beatriz Udenio
¡Me siento muy alegre de poder participar como lectora en esta Conversación!
Es que este estimulante texto pone al descubierto la ruidosa consecuencia que implica la promoción al consumo colectivo fomentado por discursos masificadores -tanto de objetos, redes sociales, como de legislaciones y derechos: los efectos paradojales en los sujetos -la deserotización del mundo a la que se refieren, la dilución del “Eros”, del deseo, de lo vital, de lo que “anima” a los seres hablantes. Además, desvela el lado oscuro de las acciones e intervenciones “para todos” con la que “castigan” aquello mismo que promueven. Pero, sobre todo, despliegan cómo el discurso que orienta nuestras prácticas y nuestra lectura de los fenómenos sociales –el discurso analítico– resulta una potente herramienta para abordar, intervenir y sostener un debate fecundo en relación con estos fenómenos. Esta es pues mi brújula de lectura.
I.De entrada, constituye una producción, orientada a encontrar las resonancias entre la deserotización y lo infantil: “en el nudo (…) [de] lo individual y lo colectivo”. Esto se nutre de nuestra práctica analítica, pero también del trabajo en instituciones, y de las intervenciones variadas en el campo social.
¿Qué de la deserotización, de las pasiones tristes, respecto del niño? El texto abre dos líneas:1) la contradicción entre objeto deseado y rechazado, con la que se concibe al “niño”, debido a lo insoportable de ese cuerpo, lo que “escandaliza” a los adultos: que goza de modo perverso polimorfo; 2) los sujetos, desolados, en las redes de consumo libidinal, por vía de la pornografía -los jóvenes en especial.
¿Qué hacer ante ello? La lectura clínica, apoyada en lo singular de la relación de cada sujeto con el goce, nos orienta.
II. Despliegan, entonces, formas de las demandas clínicas actuales, muy marcadas por el efecto paradojal de los discursos imperantes, que en su afán de “defender los derechos”, leen todo con la vara del posible “abuso” sobre el derecho y el cuerpo del otro. Por un lado, suponer a priori que el niño es abusado, es renegar de su condición de gozante. Tres detalles clínicos dan cuenta de que es el interlocutor analista quien coloca entre paréntesis la interpretación norma –“abuso”-, y se hace dócil a lo que escucha: en un caso, un juego entre dos niños -que avergüenza a uno; y en otro, un supuesto “toque”, que ese niño significa como su gusto por ser el centro de atención. Es el decir de estos dos niños/parlêtres sobre el goce en juego, el que se destaca. Lo que escandaliza a los adultos, se vuelve “desorden singular” en cada niño. Allí donde la sociedad contradictoria empuja al consumo y al goce, [apps, pantallas, sin partener], a un goce que se imagina sin cuerpo, la clínica nos muestra su reverso: el cuerpo a cuerpo señala, en cada sujeto, que lo sexual siempre perturba en singular, fuera de etiqueta.
Justamente, la pornografía lleva a un joven creyente al borde de su relación con el Ideal, evidenciando que forzar al cuerpo en un entrenamiento, para dejar de mirar la pantalla, es una solución fallida: enseguida, la decepción. Nueva versión de las paradojas del goce, abre las puertas al reino de las pasiones tristes: cobardía moral, tristeza, desazón, melancolía, aburrimiento, morosidad, mal humor. ¡La lista puede seguir! “Enloqueciendo” por ello, en silencio ante la pantalla, el sujeto permanece separado de la palabra, autoerótico, sin poder encontrar un modo de “bien decir” lo imposible de soportar de lo sexual. “Eso”, trae consecuencias.
III El punto que abordan enseguida – El factor infantil- introduce algo fundamental respecto de nuestra brújula: ¿cómo se conquista la dignidad subjetiva? Haciéndose responsable del propio goce. Este señalamiento ético de Lacan, nos condujo a movernos del privilegio que atribuíamos a la función paterna como herramienta en la cura, para dar cuenta de lo relativo al goce y a su objeto, también en los niños. Este desarrollo nos lo recuerda: ante lo insoportable de lo sexual y el goce involucrado – fruto del impacto de lalengua en el cuerpo, que percute, insiste- se destaca el factor infantil, algo que no se incluye en la novela, en el sentido. “Eso” resuena.
Entonces: ¿qué instrumento construye cada hablante para tratar con “eso”? Aquí proponen, a veces una ficción, eventualmente un fantasma (nótese la locución adverbial utilizada: no hay certeza, ni garantía de que ocurra; quizás acontezca, en ocasiones…), para que el cuerpo NO quede capturado como objeto de los fantasmas parentales, o, incluso, de los ofrecidos por el mercado y la época. Detengámonos en ello. Se trata del cuerpo hablante, del parlêtre construyendo su propia relación al objeto: el fantasma $ <> a. Sin ello, el cuerpo fragmentado, irrumpe. Ese cuerpo es presa fácil de las pasiones tristes.
Por ello, vale la insistencia en apostar más allá del Padre, a localizar decires y objeto, propiciando que, quizás, surja una invención, que “anime” el cuerpo.
IV Debemos decir que, en el último punto – “Perturbar las pasiones tristes: el gay sçavoir”–, el recorrido se profundiza, se tensa, subraya la constatación de la pobreza e incerteza de los semblantes posibles de armar, dotando a la erótica de nuestro tiempo de esa cualidad, con lo que el empuje al goce, que los discursos actuales promueven, fomentando el exceso, empobrece… al deseo y los lazos.
Es importante hacerlo resonar en la Conversación, de la mano de las múltiples variantes de lo que golpea a los sujetos -en especial a los jóvenes (aunque no exclusivamente)- allí donde reina la auto-satisfacción, la imposición de la IA y las redes como ¿partener? Nuevamente, las pasiones tristes. La chispa del ser se anonada, se opaca, se desvitaliza. ¡Los lazos quedan vaciados de deseo y de amor!
Es cierto decir, de la mano de Lacan, que el despertar de la primavera es algo brutal, pero lo instantáneo y efímero atiborra de sueños y satisfacciones prêt-à-porter, que caen con igual rapidez; las palabras naufragan, sin vida, sin destinatario. Y el cuerpo también.
¿Cómo puede, cada quien, reencontrar la “vida” de la relación a la palabra, y su decir?
El detalle clínico que toman allí, lo esclarece: ante lo efímero, dar lugar a ese tiempo lógico de cada sujeto, para consentir “a la inexistencia de la relación sexual (…) y asumir una posición respecto a lo sexual, al cuerpo”. Para hacer con la lengua singular, y su valor erótico, algo posible. Es una pregunta que plantean por su reverso: ¿hay un rechazo al valor erótico de la lengua? ¡Despleguemos la pregunta!
¿Qué ofrece el psicoanálisis, o más bien los psicoanalistas, para hacer ahí algo diferente al estado de cosas, algo propio a cada sujeto, algo que no es norma, ni para-todos, ni todo, que logre “poner al significante en resonancia con el goce” [cita de Miller]?
Allí reside la clave de la propuesta clínica, ligada al discurso analítico: apostamos a perturbar el saber triste, impotente, con el gay sçavoir, al ubicar el discreto saber hacer ahí de cada uno, con eso imposible de lo sexual, allí donde no todo puede decirse. Y, si eso ocurre, el afecto es ese saber alegre. Una alegría que puede compartirse con algunos otros, cuando acontece. ¡Hagamos de esta Conversación un lugar para ello!