¿Cómo el niño interroga el amor de transferencia?
Edna E. Gómez Murillo
Como hemos leído en el texto que nos trae a esta conversación, el equipo que lo ha realizado ha sido muy preciso en su recorrido lógico para señalar la manera en que se entrelazan dos elementos clínicos siempre fundamentales y que en esta época cobran mayor relevancia. Podemos decir que lo sexual y la transferencia nos presentan retos específicos de un tiempo en que la subjetividad es expresión de una metáfora paterna en declinación constante, y aquí tenemos una primera pregunta para conversar hoy: ¿habrá un punto de llegada para esta constante declinación? ¿o estamos ante un evento de asíntota en el que el propio movimiento, su ritmo, es su límite posible? La naturaleza de estos dos elementos nos permitirá responder.
Algo de lo insoportable para un parlêtre es la infancia, la suya y por lo tanto la del otro, en tanto la exigencia pulsional que ahí se juega: en la infancia el lenguaje se encuentra en ciernes probando su operación de acotamiento de eso pulsional, pero si el universo simbólico en la vida adulta no consigue domeñar a la pulsión, en el tiempo infans, esa satisfacción está casi intacta manifestándose en lo sexual. Es de tal magnitud dicho empuje, que en la edad adulta permanece y se reconoce en cualquier expresión de lo ilimitado. Se afirma entonces, que tanto en los análisis con niños como con adultos, está implicado el factor de la sexualidad infantil, y que sin embargo hay un elemento que permite diferenciar estas dos formas de tratamiento: con los niños la defensa no está cristalizada, en esos análisis la defensa será dúctil, maleable, será una defensa fluída. Con grandes posibilidades de una creación menos mortificada en sus inicios de la vida, el niño parlêtre en un análisis, podría producir una transferencia más a la manera de los casos de Rosine y Robert Lefort, es decir, con un cuerpo, el del analista, dispuesto a ser abordado por el paciente. ¿Qué quiere decir esto? El narcisismo primario del paciente toma a su propio cuerpo autoeróticamente, la operación especularizable también está en sus primeros momentos; el cuerpo del analista, puesto a los principios de la dirección de la cura, respaldará el recorrido por los diversos objetos del cuerpo del niño, encaminándolo hacia la emergencia del objeto a, objeto del cual podría desprenderse en pos de un deseo.
En los análisis con adultos, la época nos trae casos en los que el ideal del yo no se sostiene en tanto que el Nombre del Padre se está haciendo polvo, nos dicen los autores que no hay un narcisismo secundario bien arraigado, lo cual significa que hay dificultades para asumir el propio sexo y para estabilizar las relaciones con la realidad. A esta condición, le subyace un narcisismo primario como reserva libidinal que no produce una imagen, de tal forma que esta reserva queda pegada al cuerpo en grado de autoerotismo, es decir, no se cede ese monto de libido, dando por resultado un goce autista y la subjetividad que logra cuajarse es la de la segregación. En los análisis con adultos, la sexualidad infantil se manifiesta en esa ronda metonímica de objetos pulsionales, parciales, en el cuerpo propio, tratando de alcanzar satisfacciones plenas, hoy en consonancia con los ofrecimientos del mercado y sus productos. Derivamos entonces en las formas privilegiadas del consumo en el capitalismo, en las que están involucrados tanto niños como adultos que acuden con una demanda de tratamiento, sin notar la cancelación de un deseo. Con esto quiero señalar que la clínica con toxicomanías y adicciones nos enseña hoy cómo la transferencia se está movilizando mucho más hacia la última enseñanza de Lacan; el cuerpo como caja de resonancia en el que lo que resuena es un goce en cortocircuito, sin el recorrido del circuito de lo simbólico, sino un goce que va más directamente a su descarga en tanto goce como tal, como lo trabaja JAM en su curso El ser y el Uno de 2011. Un goce cuyo principio es del régimen femenino, es no edípico, no pasa por el no, por “lo prohibido en primer término, para luego ser positivizado, permitido, es el goce que responde al Nombre del Padre”. Pero hoy entonces tenemos un goce que no responde a este Nombre y por lo tanto una transferencia apoyada solo en el SsS no producirá su lugar determinante.
Inevitablemente en la Conversación que dio lugar a este texto, aparecen instantáneas de las experiencias de los participantes, con “niños nombrados para…” por los padres encarnando los significantes amo de la época, como la eficiencia de la infancia ¡en niños de 5 años! U otra instantánea, menores infractores que piden abrazos a una colega. En el día a día la cuestión del amor por los niños es un discurso, pero en el mapa del psicoanálisis, el amor puede aparecer en el niño como una pregunta hecha al analista cuestionando la transferencia por la vía del saber y en articulación, un analista haciendo las veces de ese sujeto supuesto saber.
Sin embargo, si la situación actual muestra cuerpos híper excitados en su goce autístico, en la transferencia cobra todavía mayor importancia la dimensión libidinal: el saber, la lógica, las palabras condensadoras de goce, no son suficientes. Hay elementos de la transferencia que hoy están más allá (o más acá) del SsS. El excedente de lo sexual en el cuerpo de los analizantes –niños o adultos- se puede localizar como un desborde motriz o como una represión apuntalada en argumentos sociales, médicos o psicológicos. El grupo de investigación plantea la pregunta ¿Cómo se defiende el sujeto de ese excedente?
Lacan en su Seminario La transferencia, año 1960 al 61, ya nos habla de los diferentes estadios de la sexualidad y sus diversos objetos pulsionales, entramados con la demanda, y nos dice “…que de lo que se trata en el análisis no es sino de sacar a la luz la manifestación del deseo del sujeto”.[1] O sea, la transferencia está atravesada por estos objetos del cuerpo del paciente, pero ¿cómo el cuerpo del analista se implica en ello?
Cada vez más se presentan casos en los que se puede leer cómo un cuerpo hablante, habitado de un exceso de lo sexual -y cuya defensa frente a eso puede estar cristalizada o fluída- no ha consentido aún a valerse de la cadena significante para circunscribir lo pulsional, el goce irreductible, pero en cierta medida, pasible de alguna renuncia en función de una inscripción en el Otro. Considerado esto así, la transferencia puede hacer del analista un S2 para el significante uno, traumático. En el mismo Seminario 8, Lacan indica que “todo lo que es, en el sujeto que habla, tendencia natural ha de situarse en un más allá y un más acá de la demanda. En un más allá que es la demanda de amor. En un más acá que llamamos el deseo, como aquello que lo caracteriza como condición y que llamamos su condición absoluta en la especificidad del objeto al que concierne, a minúscula, objeto parcial”.[2] Aquí Juanito viene a mostrarnos a través de la lectura de Lacan, la dimensión de ese deseo señalando que lo de Juanito no se trata de un miedo, ni de lo genital ni del narcisismo. “Lo que el sujeto teme encontrar (…) es muy precisamente, cierta clase de deseo, un deseo tal que devolvería a la nada de antes de toda creación, a todo el sistema significante”.[3] La transferencia es un espacio de resonancia del grito que una vez fue primordial, una nueva oportunidad de hacer resonar la voz de un niño, lugar donde el cuerpo libidinal del analista juega su partida bajo principios.
[1] Lacan, J. El Seminario 8 La Transferencia. Ed. Paidós. buenos Aires. 2009. p. 228
[2] Ibid. p. 229
[3] Ibid. p. 297