Artificios del Saber y Saber Auténtico
Conversación RUA hacia el XII ENAPOL
Artificios del Saber y Saber Auténtico
Coordinación: Roxana Vogler (EOL) e Virgínia Carvalho (EBP)
Participantes: Angélica Bastos (EBP), Candela Méndez (EOL), Diana Wolkowicz (EOL), Estanislao Coconier Gatta (EOL), Federico Oyola (EOL), Gabriela Villaroel Carbajal (NEL), Juliana Motta (EBP), Maggie Jauregui (NEL), Marcia María Rosa Vieira (EBP), Nancy Carneiro (EBP), Olivia Viana (EBP), Pablo Reyes (NEL), Virginia Baroli (EOL)
Introducción
¿Cómo pensar los efectos de la transformación en la oferta de artificios de saber propia de nuestra cultura, aliada al imperativo capitalista, sin caer ni en un tradicionalismo tecnofóbico ni en un entusiasmo irreflexivo? ¿Existe un saber de artificio o un saber que no sea artificial? ¿Un saber auténtico? ¿Pasaría ese saber auténtico, que no se confunde con el saber verdadero, por el artificio? ¿Un conocimiento adquirido a través de la IA podría constituirse como un saber que toque el goce? ¿Sujetos consumidores de IA o consumidos por ella? ¿Lamentar la IA o reconocerla en relación con la singular psicopatología de la vida cotidiana?
Estas fueron algunas de las preguntas en las que se centró nuestra investigación durante estos cuatro meses de reuniones del Grupo de Trabajo, movilizado por la Red Universitaria Americana (RUA), como preparación para la Conversación que tendrá lugar en Belo Horizonte, Brasil, en ocasión del XII ENAPOL, sobre el tema “Algoritmos de saber: Psicoanálisis y Universidad”. Este subgrupo, compuesto por colegas de las tres Escuelas de la FAPOL, buscó investigar y delimitar las dimensiones artificiales y auténticas del saber, valorizando los usos singulares que el ser hablante puede hacer de esos artificios tanto en la clínica psicoanalítica como en el ámbito universitario.
La digitalización del mundo
El desplazamiento del lugar del saber al Otro digital producido por la inteligencia artificial, tiene incidencia en los modos de hacer lazo, de acceso y construcción del saber y sobre el cuerpo de los seres hablantes, lo que ha alcanzado también al discurso universitario en todos sus niveles, y plantea el desafío de su actualización, dado que las instituciones educativas son placas sensibles a las mutaciones subjetivas de cada época.
El impacto de la digitalización del mundo es un hecho ineludible que viene trazando una nueva cartografía socio-cultural y subjetiva, e interpela tanto al analista como al enseñante respecto a su propio deseo y su acto.
Como psicoanalistas estamos convocados a hacer una lectura de los cambios en la civilización y su incidencia en los sujetos. La masificación de la IA acaba por minimizar el esfuerzo que requiere aprender a hacer uso de esas herramientas digitales de manera crítica y reflexiva. El riesgo es el de la depreciación de la enunciación propia, con efectos de segregación. Los dispositivos tech se constatan como auténticas superficies libidinales donde las personas despliegan sus modos sintomáticos de anudamiento, donde crean y son creados en una espiral dialéctica que, si bien no tiene bordes precisos ni muy delineados, nos convoca a darles todo el realce de artificios de un nuevo saber hacer con lo pulsional.
Lacan puntúa que “allí donde no hay relación sexual, eso produce troumatisme…Uno inventa. Uno inventa lo que puede…a la palabra “inventado” la puse por delante…ligándola a lo que la necesita, es decir, el Saber. El Saber se inventa…”. (Lacan, 1974, clase 11). Desde esta perspectiva, ¿cómo pensar esta invención de un saber? ¿Sería este saber inventado un saber nuevo? Para inventar un saber se requiere “arriesgar el pellejo”, como señala Lacan en el Seminario 20 (Lacan, 1972, p.117). Para leer este saber es fundamental que los analistas no quedemos obnubilados ni espantados frente a estos nuevos escenarios y solo así podremos orientar las curas por lo real de cada sujeto que nos consulta por su sufrimiento, apuntando a “despejar la x de su propio algoritmo”. (Vogler, 2024)
Usos de la IA
El inconsciente, un saber no sabido, difiere del conocimiento y de la representación, que, si bien pueden considerarse parte del orden del conocimiento, constituyen, en cambio, un saber que se sabe. Lacan admite que una computadora piensa, pero se pregunta si sabe (Lacan, 1972, p. 117). Tanto la adquisición como el ejercicio del saber implican goce.
En El Seminario, Libro 20, dice que: “El saber vale exactamente lo que cuesta, es costoso (beau-coût) porque uno tiene que arriesgar el pellejo, porque resulta difícil, ¿qué? – menos adquirirlo que gozarlo. …la dificultad de su ejercicio es aquello mismo que realza su adquisición” (Lacan, 1972, p.117).
Allí queda situada entonces la articulación del saber con el goce. Y Lacan agrega que: “…esos saberes, el haberse curtido el pellejo para adquirirlos, queda en nada. No se importa, ni se exporta. No hay información que valga, sino de la medida de un formado por el uso” (Lacan, 1972, p.118). Formado por el uso entonces, parece darnos una clave para distinguir un saber que se produce y concierne al sujeto, del que se obtiene solo como información.
Si, por un lado, Lacan considera en “La tercera” (Lacan, 1974) el cogito cartesiano como el momento inaugural del sujeto, por otro, sostiene que la subversión del cogito mediante el descubrimiento de pensamientos inconscientes conduce al «Pienso, luego gozo» (léase «Je pense, donc je souis»), que condensa el ser y el gozar (souis=suis+jouis). No pasamos del pensamiento al ser, sino del pensamiento al goce, a través de la mediación del inconsciente, el saber no sabido, del cual se hace la experiencia en la práctica psicoanalítica.
Dicho esto, consideremos como una fantasía a la expectativa que impulsa a las ciencias de la computación. Como cualquier ciencia, excluye al sujeto que nos interesa, como propone Lacan, no en su totalidad, sino en su apertura (Lacan, 1954, p. 365). Las ciencias de la computación desarrollan programas autónomos que simulan el pensamiento humano y realizan tareas complejas de forma independiente y agilizando el tiempo de respuesta, hoy llamados Inteligencia Artificial (IA).
En el horizonte del discurso hipermoderno de nuestra civilización capitalista y neoliberal, considerar dicha expectativa en el registro de la fantasía, nos permite evocar la provocadora conferencia de Jacques-Alain Miller en la isla de Comandatuba, en el año 2004, “Una Fantasía”, en la que destaca tres posturas entre los psicoanalistas en relación con el discurso hipermoderno: (1) una orientada al pasado, que exalta lo simbólico y busca rescatar las tradiciones; (2) una presente, que se refugia en el imaginario para el cual nada sucede; y, finalmente, (3) una progresista, que intenta que la realidad de la clínica se adhiera al progreso de la ciencia.
Podemos usar estas tres posturas para abordar los usos que hacemos de esta compañera inhumana, la IA. A saber: (1) nostálgicos de los tiempos en que la práctica del psicoanálisis, su enseñanza y transmisión desconocían tal asociación; (2) tan familiarizados con la IA que ni siquiera nos resulta extraña; (3) apegados a la expectativa de que el misterio de la unión del significante con el cuerpo sea descifrado, es decir, que se descifre el misterio del cuerpo hablante, cada vez.
Con Miller (2004), inscribimos estas tres posiciones dentro de un «¡funciona!». Lo sabemos por nuestro uso diario de diversas aplicaciones que integran IA: búsquedas de Google, YouTube, Amazon, Netflix, Siri, Alexa y las herramientas generativas más sorprendentes, ChatGPT, DeepSeek, Al Art, además de traductores de idiomas extranjeros, traductores de voz y muchos más.
Una pregunta se impone: ¿cómo llega esto al psicoanálisis y a la clínica psicoanalítica? La respuesta no se hace esperar, llega en tanto eso genera nuevas psicopatologías en la vida cotidiana, psicopatologías que nos muestran que, si bien puede ser para mejor, también puede ser para peor, dependiendo del uso y del usuario. Desde esta perspectiva, «esto podría no funcionar», puede hacerse de eso un uso off-label, con sus riesgos y beneficios.
De este modo entonces, tenemos niños expuestos a depredadores maliciosos, adolescentes aislados en sus habitaciones visitando sitios pornográficos, personas insatisfechas en sitios de citas, estudiantes universitarios que generan su trabajo con Ctrl+C y Ctrl+V, padres con dificultades para limitar el tiempo de uso de internet de sus hijos, sujetos adictos a Apps, como el tarot en línea, pacientes que no aceptan sesiones a no ser online…
¿Deberíamos responsabilizar a la IA por esto? ¿Lamentar los avances tecnológicos? Todo lo que vendrá depende del uso y del usuario; por lo tanto, ¡depende del simple y rápido acto de hacer clic!
La IA como artificio de saber
La Inteligencia Artificial, con sus respuestas instantáneas y pulidas, plantea un nuevo desafío. En un escenario donde el estudiante puede acceder a una respuesta perfectamente redactada sin mediación humana, el lugar del docente se redefine. ¿Qué lugar ocupa entonces quien enseña? ¿Cómo transmitir algo cuando la voz que responde ya no titubea ni falla?
Voz de la IA que habla amablemente, que no vocifera, que reconoce un estilo discursivo y persuade sin oponerse, que corrige escritos y resuelve los problemas que se le plantean. ¿Cómo se arregla un maestro para transmitir un saber frente a esta nueva “voz de Dios”? No ya atronadora, sino amable. Esta lengua que viene del más allá. “Lengua de las pantallas, de un cuerpo sin volumen” (Berkoff, 2015). ¿Qué erótica de la enseñanza es posible sin un cuerpo con volumen que la sostenga? ¿Sería también la IA un cuerpo sin volumen?
Saber auténtico, saber de artificio y goce
Partimos de la idea de que el saber artificial es el que se asienta en el discurso universitario. “La estructura general de todos los aparatos donde el saber está en posición de semblante y cuyos asuntos tocan el poder es lo que Lacan llamó el discurso de la Universidad”. (Miller, 2011, p.21). Un poder de dominio se ejerce sobre el goce y la producción de sujetos. En esta perspectiva, sería posible incluir entre los semblantes de saber a la IA, ¿y preguntarnos por las consecuencias de su uso en el goce?
Un artificio es un producto que resulta de una forma antinatural de saber hacer las cosas: objetos creados artificialmente, a menudo con inteligencia o astucia. El término artificio tiene una doble función: por un lado, es una forma artificial de saber que puede tener la función de tapón, y por otro, como artis factum, hecho con arte, un saber hacer alrededor del vacío.
¿Podemos entonces considerar que el discurso del analista, al sostener un vacío, permite que un saber nuevo emerja, tal como un saber del artificio? Lacan (2012) señala que el analista es aquel que ha enfrentado su horror al saber, o que se localiza en los testimonios del pase. Estos apuntan para un savoir-y-faire con el sinthome, que es diferente de lo know-how pret-à-porter del fantasma (Naparstek, 2018). Desde esta perspectiva, el psicoanálisis permite pasar del artificio del saber a un saber del artificio que puede constituirse como un nuevo saber, o un saber auténtico, o que no se confunde con la ficción de un saber “verdadero”.
Intentar que lo auténtico se acredite como verdadero, puede ser una desorientadora tentación. Lacan nos dice que “lo verdadero apunta a lo real” (Lacan, 1972, p.110)). Y lo verdadero nunca se alcanza sino por vías torcidas. A partir de la experiencia de un análisis puede constituirse un saber sobre la verdad, que sólo puede decirse a medias porque el goce es un límite: “solo se interpela, se evoca, acosa o elabora a partir de un semblante” (Lacan, 1972, p.112).
¿Pero, qué nos permite definir la autenticidad de un saber? Tal vez hallemos una orientación para pensarlo, en torno al saldo de saber, para precisar el estatuto de un saber para un sujeto, si este le concierne o si solo toma las vías de la circulación y la repetición. Luego, independientemente del aparato que se utilice para obtener un saber, ¿qué es lo que interviene para que un saber se encarne?
La obtención de un saber desde una respuesta estadística del algoritmo, ¿deja por fuera el costo que implica el goce de su ejercicio y su adquisición, como referimos anteriormente tomando a Lacan? No se trata de degradar la IA, sino distinguir la “información” de la “fundación de un saber”, que posibilita un uso singular y que, por eso mismo, no entra en la vía del intercambio. Pues “el diferencial del goce es lo que arroja una cifra singular, no computable, en el uso de los saberes”. (Farrán, 2023).
Miller cuestiona la idea de que hay un saber en lo real (Miller, 2014). Hay un agujero en el saber. Desde esta perspectiva, la autenticidad de un saber que se inventa como artificio, se hace a partir del agujero en el saber. El saber en tanto invención singular, se sitúa como aquel saber en reserva que se fundará solo en la medida que el analista sostenga un vacío de saber. En este punto, podríamos decir que saber de artificio y saber auténtico cooperan.
Lacan (1973-74) en el Seminario 21, dice que el saber se inventa, donde hay el troumatisme, ante la inexistencia de la relación sexual. Entonces, si bien hay diferentes semblantes desde donde opera el saber, no dará igual resultado según el lugar que ocupe el saber en un discurso y el uso se haga de él. En el psicoanálisis, el vacío ocupa un lugar central, ya que el efecto de una interpretación analítica no puede ser previamente determinado. Y el saber, en cualquiera de sus envases, si se coloca en posición de dominio, siempre pondrá en riesgo de anular el saber que el sujeto trae consigo.
El saber del niño
De un analista residente en Canadá, en una zona rodeada de varias comunidades aborígenes, nos llega algo de los residentes locales: la existencia de escuelas e internados, cuya misión se guiaba por un principio: «sacar al aborigen del niño». ¿Cómo podemos hacer hablar a un niño, capturado tan tempranamente por artificios de saber previos y tejido por narrativas que hacen gozar de un cuerpo donde el sujeto no está presente? ¿Cuánto tarda un niño en hablar cuando goza y en ese goce establece un saber?
La prisa del Otro por responder con narrativas precoces a las súplicas del niño que aún no habla puede tener el efecto de anticipar a un sujeto y aprisionarlo en un artificio que bloquea el saber auténtico del niño. Al respecto, J.-A. Miller (2011, p.8) señala que:
El saber del niño, en el sentido del saber que tiene, no es de esos saberes de semblante, artificiosos que son puestos en el discurso sobre la misma matriz que el discurso de la Universidad. El saber del niño es un saber auténtico, sea sabido o no sabido, y es como tal que se inscribe en el discurso analítico… su saber es respetado en su conexión con el goce que lo envuelve, que lo anima…
Ese saber auténtico no es otro que lalengua, un saber que se articula con el goce. ¿Hacer hablar al niño logra entonces la presentación de un saber auténtico, un saber hacer con el goce?
El artificio de la transferencia
Podemos considerar que el discurso del analista, ofrece —en lugar de un saber que encierra— un saber de artificio. Lacan, en el Seminario 11, lanza una afirmación: “Puede parecer que así se zanja, desde un principio, la cuestión de si la transferencia está ligada o no ligada a la práctica analítica, si es su producto o incluso su artificio” (Lacan, 1987, p. 130). La transferencia sería entonces una elaboración, una invención, una construcción situada más del lado del acto que del saber adquirido. ¿No es acaso esto también un artificio?
La transferencia – ese lazo que sostiene la suposición de un sujeto supuesto saber en el lugar del analista – permite que se produzca un saber nuevo, singular, que no preexiste al dispositivo. En ese punto, se trata de un artificio que opera en el corazón mismo del psicoanálisis, o sea, la experiencia analítica está “realmente estructurada por algo artificial” como indica Lacan (1984, p. 17) en el seminario sobre las Psicosis.
La transmisión de un saber
¿Qué ocurre cuando este artificio se desplaza a la Universidad? ¿Cómo generar allí una transferencia que no se reduzca al reconocimiento académico, a la pertenencia simbólica, a la repetición ritual del saber establecido?
El saber auténtico como donde “el goce de su ejercicio es el mismo que el de su adquisición”, difiere del saber artificial del discurso universitario, donde el saber comanda, manteniendo el S1 del maestro en lugar de la verdad, mediante citas, en sólidos apoyos autorales y produciendo impotencia en la ilusión de todo saber.
¿Cómo producir un vacío en este saber ya constituido? Graciela Brodsky (2023) sugiere una vía en la que es posible sostener una enseñanza no fundada en el dominio de contenidos, sino en el coraje de una enunciación propia. Se trata más bien de sostener una posición deseante: no la de quien sabe, sino la de quien se deja enseñar por aquello que, en el acto mismo de transmitir, se pone en juego: el imposible de saber. Transmitir implica abrir un hueco, generar una pregunta sin respuesta inmediata. Sin ese vacío, no hay enseñanza. Sin transferencia, no hay deseo de saber.
Aquí se juega una diferencia crucial: algunos saberes simulan totalidad, cierran sentidos y se presentan como concluyentes; otros, en cambio, se sostienen sobre el imposible de todo saber. Algunos saberes responden con premura, imparten respuestas, fijan posiciones. Otros, en cambio, pueden esperar, reciben sin imponer, abren al decir sin capturarlo.
El pedagogo Jorge Larrosa (2003) puntúa que “enseñar es habilitar una interrogación que se despliega”. Esta idea conversa con la propuesta da psicoanálisis de que lo inteligente es “el sujeto abierto al mensaje, capaz de leer entrelineas” (Santiago e Mrech, 2017). Esta diferencia, sutil pero decisiva, marca el umbral entre el artificio del saber —como repetición que cierra— y el saber del artificio —como invención que se sostiene en el agujero propio del lenguaje.
Como sugiere El Banquete (2015) de Platón, sería necesario retomar la figura del maestro como amante del saber, no como su poseedor. No se trata de transmitir un saber acabado, sino de hacer del saber un objeto deseable, agalmático, cuyo brillo es entrevisto. Solo allí puede surgir una enseñanza viva.
Los algoritmos parecen gobernar la subjetividad de la época a partir de flujos numéricos acéfalos que terminan por tapar lo real en un determinismo unívoco, estandarizado, sin descanso y cerrado a cualquier contingencia. Asemejándose al discurso de la ciencia, hacen suponer que se trata de un saber anónimo que devolvería al usuario lo que éste no sabe. Un saber anónimo que provee la ilusión de agotar lo real por la cifra. Ahora bien, ¿cómo podríamos captar la autenticidad de un saber, en los distintos dispositivos de la Universidad en los que el psicoanálisis tiene incidencia?
IA en uso: algunas viñetas
Para conversar sobre esto, algunas viñetas recogidas del trabajo que realiza el Departamento de Salud Mental de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), con consultantes al servicio y pasantes de la Carrera de Postgrado en Especialización en Clínica Psicoanalítica de la Facultad de Psicología.
Ema, una estudiante que se encuentra en tratamiento, consultó al Chat GPT por qué se sentía estresada luego de una discusión con su hermana en la que ésta la insultara: “me quedé congelada, no sabía qué responder, no entendía la situación, por qué me sentía tan mal, con palpitaciones, nerviosa, le tenía miedo a mi hermana. Le conté toda la situación al chat y le pregunté por la causa de mi malestar. Me contestó que me molestó que me desvalorizaran. Me hizo bien, me quedé más tranquila”. Si bien desvalorizada proviene de la IA, se transforma en un saber que toca un goce, pues, algo se aquieta en el cuerpo.
Juan consulta aquejado por la ansiedad que le produjo que su tesis, no fuera aceptada en su Facultad. Insiste en que la Universidad valide su investigación. Se abre el espacio para que hable sobre ello: le llega una chorrera de información sobre diferentes vivencias que necesita traducir a un lenguaje matemático. El científico duro de su facultad, como él lo llama, lo desaprobó de manera rotunda: “ese saber aquí no cuenta”. Luego se dirige a la IA, pero advierte que, si bien ésta no se equivoca, le proporciona solo probabilidades estadísticas que no tienen en cuenta el verdadero valor de su teoría. En entrevistas Juan despliega su saber hacer: traducir a fórmulas numéricas experiencias personales complejas que no tienen explicación científica. Nombrarse científico de la complejidad, le permite continuar con su investigación que, no entra en las vías de la validación académica para el intercambio, sino que se sostiene la apuesta por su valor de uso.
Gina ha utilizado videos de tik-tok de donde extrajo cierto saber respecto de qué y cuánto comer para mantenerse delgada: solo ensaladas y no más de 400 calorías por día. Llega a la consulta con motivo de un autodiagnóstico de anorexia nerviosa, disforia corporal y depresión, también establecido por diferentes apps. El espacio de consulta abre, sin cuestionar, ese saber adquirido y cerrado y, otras palabras tienen lugar: se siente triste y sola lejos de su familia. Localiza un exceso en la contabilización de calorías y la exigencia feroz de buenas notas en la facultad. Pide poder olvidar esa cuantificación. Se produce en el encuentro con el analista, el traslado de ese modo de “contar”, a un contar sobre su angustia al venirse a estudiar a otro país.
La práctica con pasantes de la Carrera de Postgrado, consiste en el pase de las entrevistas de admisión realizadas por los integrantes del equipo. Si bien este dispositivo se enmarca en la matriz del discurso universitario, consideramos que hacemos la experiencia de una transmisión viva del psicoanálisis cuando advertimos que algo nuevo se produce, cierto efecto de tyche en el automatón universitario. Podríamos leer en esa chispa, la importancia de abrir en la universidad la “coraje de una enunciación propia, nacida de un saber que se ignora” (Brodsky, 2023).
Saber en caliente: puntuaciones finales
El vacío en el saber es lo que guía la transmisión en la práctica analítica; sin ella, no hay tratamiento del goce. Esto no puede descuidarse en la enseñanza y la práctica del psicoanálisis; y es precisamente lo que se enseña al borde de lo imposible de enseñar en conjunción con la transmisión.
Si el psicoanálisis no es una materia de enseñanza, ya que allí no hay nada universal (Lacan, 1975), algo del goce de quien lo transmite puede ser capturado, a-prendido. Lacan recuerda que el saber se extrae del Otro, diríamos que se a-prende. Caetano Galindo (2024), al contar sobre su manera de traducir a James Joyce, relata qu prefiere hacer las traducciones en caliente, en el calor de sus primeras lecturas, pues así algo del goce del autor que está siendo traducido puede pasar al lector. Y es en ese sentido que vemos la importancia de la transmisión viva del psicoanálisis en la Universidad. Se trata de una apuesta ética: resistir la tentación de la completitud y sostener que el saber solo vale si se articula con el goce. Es proponer, a contrapelo del discurso dominante, que el saber se encarna.
En ese sentido, hay infinitas posibilidades de usar los artificios, incluso a favor de la construcción de un saber nuevo y auténtico. En resumen, cada quien, aturdido o no, tiene la posibilidad de llegar a saber, con el psicoanálisis, adónde la ha llevado su clic…
¡A cada uno, sus clics!
Referencias Bibliográficas
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