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Lo eterno de lo infantil

Ana María Solís, NEL

Para animar la conversación, quisiera compartir algunas preguntas que me surgieron al leer el informe Modalidades de morir en el siglo XXI respecto de la transferencia y la posición del analista. En él se aborda la cuestión del goce sin límites en la adolescencia y el suicidio como una forma de acabar con un sufrimiento sin velo, impuesto por un goce feroz y obsceno. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuál es la oferta del discurso analítico frente a este escenario?

Los autores del informe plantean el problema del siguiente modo:

“Lacan plantea una oposición entre, por un lado, la esperanza depositada en el éxito de ilusiones grandiosas y su reverso —el suicidio como acto logrado—, y por el otro, lo que puede esperarse del psicoanálisis, tan basado en actos fallidos. Esas esperanzas, esos ‘mañanas que cantan’, aluden a quienes abrazaron esperanzas utópicas que terminaron por fracasar, especialmente tras el Mayo francés. Por otro lado, Lacan dice que del discurso analítico cabe esperar otra cosa, que es del orden de una elucidación del inconsciente, para quien ya esté decidido a ello por su transferencia”.

La clínica actual con jóvenes muestra nuevas respuestas —distintas al síntoma y sus avatares— frente al exceso vivido en el cuerpo durante la adolescencia. Se trata de modalidades desconectadas del inconsciente, que se presentan como un goce masivo que eclipsa al sujeto. Nuevas formas de sufrimiento, desligadas del goce fálico y del Otro; padecimientos que se inscriben en la lógica del acto, del sin-límite, y que no están articuladas al decir.

El informe nos transmite que “delirio de que la salvación es el ultraliberalismo”, al negar al sujeto, promueve un empuje al individualismo de masas, generando una intolerancia a la alteridad radical. Promete una felicidad sin reservas, pero produce a la vez segregación y exclusión. Aísla lo diferente y empuja a la marginalidad, y con ella, a la muerte.

En el apartado Entre exceso y desecho, a través de varias viñetas clínicas, los colegas subrayan la inexistencia de un Otro que aloje al sujeto, el debilitamiento del ideal y, en consecuencia, el estatuto autístico del goce. Cito: “Se trata de sujetos que en la mayoría de los casos parecen no haber sido deseados, cargando una marca de abandono como objeto de desecho y residuo, que se reactualiza en el Otro social en el momento de la adolescencia, en el que se hacen matar o matan”. Me pregunto cómo se articula lo que muestran estos casos con algunas coordenadas propias de la época que ponen en cuestión la posibilidad del lazo transferencial.

Sujetos no deseados. Podemos decir, en estado de desamparo. ¿Cómo hacer existir un Otro distinto, encarnado en el deseo no anónimo del analista? En este sentido, el texto resalta que el deseo del analista consiste en no retroceder frente a ese goce. Además, destaca la importancia de hacer existir al psicoanálisis no solo en el marco de la consulta individual, sino también en la escucha del malestar del sujeto en las instituciones.

Lacan nos enseña que, en la clínica bajo transferencia, se trata de suponer la relación entre analizante y analista como el lazo donde el sujeto del inconsciente se dirige al Otro, estableciendo con ello una intención de significación.

Me pregunto en el marco del informe cómo hacer, que orientaciones para poder producir las condiciones de posibilidad en las que el sujeto establezca un lazo con un Otro que lo vivifique. No desistir de la apuesta de que, mediante una intervención o interpretación, se inaugure un lazo en donde el paciente pueda hacerse una pregunta respecto de su malestar. Cómo introducir la lógica analítica ante el rechazo de lo inconsciente, cuando ya se sabe la respuesta, es decir, el suicidio como salida ante el malestar.

Cito una viñeta contenida en el texto, que nos transmite la importancia de la presencia del analista para que se inaugure este lazo.  Se trata de B., joven internada tras estar al borde de la muerte por una anorexia severa, cito “Un silencio extremo, sostenido y soportado por el cuerpo del analista, permite esbozar paulatinamente un gusto por la lectura y la escritura en el sujeto. La creencia en la muerte como alivio ante el asedio de la angustia es un punto de partida para ubicar la posición de una adolescente que sufre de un “desierto de palabras para la vida”. El analista se ofrece como lector de una carta que inaugura una escritura posterior. Así, la escritura se convierte en una maniobra que permite inscribir una distancia mínima: “vidatexto–muerte”.

Cierro esta intervención poniendo sobre la mesa una orientación entregada por los colegas en relación a la posición del analista: “Se trata de maniobrar con el silencio de las pulsiones, el reto es circunscribir y/o interrogar lo que no habla, con el silencio de las pulsiones”.

A propósito de lo trabajado en la reunión de la RPA del jueves respecto a hacer hablar-dejar hablar lo traumático, propongo una pregunta para la conversación: ¿cuál es la posición conveniente para circunscribir este silencio de las pulsiones y, con ello, habilitar un lazo posible en el mundo contemporáneo?