Por Ana Ricaurte (NEL)

A través de la angustia, Jacques Lacan desbroza una ajenidad radical con la que se encuentra el ser que nace a la vida. «El trauma del nacimiento que no es separación respecto de la madre sino aspiración en sí de un medio profundamente Otro».[1] Con referencia a Freud, Lacan indica que si la angustia es señal de algo, es de la intrusión radical de algo tan Otro para el ser vivo humano que al salir a ese mundo donde debe respirar, literalmente se ahoga, se sofoca. Partamos de esta primera incompatibilidad radical entre el ser vivo y el Otro, para abordar lo real en la familia.

En un primer nivel, Lacan sitúa la angustia en la emergencia en el mundo del que será el sujeto, que se manifiesta en el grito que tiene el carácter de cesión. En el grito que se le escapa ha cedido algo, ya nada lo vincula a ello. Y esto es antes de toda demanda. Luego aparece el carácter complejo del deseo del Otro, al que se vincula la angustia de no saber qué objeto soy para ese deseo.

Eso que soy, sólo puede entrar en el mundo como resto, como irreductible respecto a aquello que se le impone de la marca simbólica. Y no es solo que con el radicalmente Otro nada en común me vincula. Por el contrario, con el Otro humano algo me vincula, soy su semejante. Pero «de ello resulta que el resto adel no sé qué objeto soy angustiante, es profundamente desconocido». Se trataría aquí de lo que cae, de lo que se sustrae en lo que se aliena al Otro.

Podemos decir que hay un desgarramiento al constituirse en ese medio, en el que habría que situar de entrada un real respecto al Otro que lo recibe. ¿Qué función tiene la familia en esta entrada primitiva al mundo en el encuentro con este Otro que le es tan ajeno y lo angustia? Constituiría a la familia la estructuración de unas funciones delimitadas con que responder a lo real en el encuentro de lo Uno y el Otro, como semblantes necesarios al proceso de constitución de la subjetividad, como protección respecto de lo real. A pesar de que los semblantes de familia, al igual que los de los derechos humanos, «no cesan de producir síntomas en su incapacidad para suturar un real que los desborda».[2]

Sin embargo, podemos considerar a la familia como una construcción simbólica en el orden de la modalidad lógica de lo necesario, ya que los elementos que la conforman funcionan como sostén de la vida, no sólo con relación a las necesidades sino en su provisión de significación. Y en tanto inscripción que no cesa de repetirse. Sin olvidar que esta repetición demanda del sostén de algunos discursos que lo social ofrece a esta función, en tanto norman, diseñan, orientan formas de vida y convivencia, como el discurso de la religión, y el discurso jurídico.

Lacan[3] en su propuesta para la formación del analista dice que las sociedades existentes se fundan sobre un real y se precisa de empalmes para que algo funcione. Si por un lado señalamos la intervención de los discursos que apuntan a cerrar el agujero que allí prevalece no cesando de no inscribirse; por otro lado tenemos el discurso tecno científico guiado por principios del capitalismo que empujan a la desarticulación de la familia y al individualismo posmoderno promoviendo un desorden de lo real, en el que de algún modo la estructura familia resiste y se acopla a las circunstancias de época con transformaciones numerosas y diversas, en las que una función del padre y la madre debe permanecer ineliminable y es la función de residuo que pueda ofrecer un deseo que no sea anónimo, así como una articulación de la ley en un deseo que no sea un empuje a gozar mortal.[4]

J.-A. Miller en la Presentación del tema del IX Congreso de la AMP, señala los efectos de los dos discursos prevalentes de la modernidad, ciencia y capitalismo, que en un apoyo mutuo dominan y han logrado destruir la estructura tradicional de la experiencia humana.

Cabe aquí recordar la forclusión del amor del Padre, despejada por Lacan en Marzo 19 de 1974, y la figura feroz del Nombrar para de una madre que basta por sí sola para designar su proyecto y ejercer un orden de hierro, que toma como signo de una degeneración catastrófica y huella del retorno del Nombre del Padre en lo Real en tanto que es rechazado. Un orden de hierro que hace nudo en lo social y recoge el encargo de empujar a proyectos que desechan al sujeto.

Será en la experiencia psicoanalítica que Unreal tendrá cabida, mediante la contingencia de la sesión en la que este real pueda ser acotado en el ejercicio de recorte de sentido que trata de ceñir la marca traumática inicial del significante sobre el cuerpo, en su función de letra.

Al psicoanalista le concierne no dejar de ver este real y en la experiencia analítica en la que acogemos ese discurso del Otro inmerso en la palabra misma del sujeto, introducir la operaciòn de reducción que despeja el significante en función de letra, es decir, la operación de leer el síntoma que presenta Miller en su conferencia con el mismo nombre.

«Creemos que decimos lo que queremos pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia que nos habla. Este nos, debe entenderse como un complemento directo. Somos hablados».[5]. Y esto es lo que se vierte en la experiencia analítica, los asuntos de familia, lo del Otro, el inconsciente.

Miller[6] marca el forzamiento de la ultimísima enseñanza en una dirección previa al Otro, operando la introducción de lo Uno en su anterioridad al Otro.

NOTAS

* Conversación en la NEL sobre UnReal, «UnReal y familia», 9 de febrero de 2014.

  1. Lacan, J. (2006), El Seminario, Libro 10, La angustia, Cap. XXIV Del a a los nombres del padre, Buenos Aires: Paidós, p. 354.
  2. Laurent, E. (2009), Psicoanálisis con niños y adolescentes 2, Políticas, prácticas y saberes sobre el niño. Siglo XXI: Una no-relación generalizada e igualdad de términos. Buenos Aires: Grama.
  3. Lacan, J. (1991), Momentos cruciales de la experiencia analítica. Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el Psicoanalista de la Escuela, Buenos Aires:Manantial.
  4. Laurent, E. (2009), Psicoanálisis con niños y adolescentes 2, op. cit.
  5. Lacan, J. (2006), El Seminario, Libro 23, Joyce el síntoma, Buenos Aires: Paidós.
  6. Miller, J.-A. (2012), Inconsciente y sinthome, El ultimísimo Lacan, Buenos Aires: Paidós.