Por Luiz Felipe Monteiro

«Aquí estoy entonces, cabeza para abajo, dentro de una mujer». Así nos presenta Ian McEwan al personaje principal de su última novela, Cáscara de NuezSe trata de un feto de 38 semanas que por fuerza de las circunstancias no puede más que oír todo lo que pasa a su alrededor. El feto es el oyente perfecto, precisamente, por ser el más insospechado. Finalmente, ¿qué puede hacer con lo que oye que no sea soñar?

La referencia a los sueños no es aleatoria. Quien habla allí, a través de la letra del autor, es el Shakespeare de Hamlet. En el epígrafe del libro, con la cita de una pieza del Bardo, McEwan sitúa el impasse del oyente uterino«Podría estar encerrado dentro de una nuez y me sentiría rey de un espacio infinito- si no fuese por los malos sueños».

Si no fuese por el oyente, el hablante podría pensarse infinito en una cáscara de nuez. Los malos sueños dan cuenta de cómo es por el orificio auricular que el sexo y la muerte hacen agujero. Morir traicionado por el veneno de lo oído es prueba de que el Bardo sabe bien de la topología lacaniana.

La trama de Hamlet, vivida desde esa particular perspectiva, es un sesgo curioso para pensar el tema de la père-version. Uno de los puntos candentes de la obra es la manera en que el feto sabe sobre el lugar de objeto que su madre tiene para el amante. McEwan enseña, a su modo, como la filiación se pone en marcha, fundamentalmente, a través de la orientación perversa del deseo de un padre:

«Cuando él la llama ratita, un hilo de excitación, una contracción fría se instala en su perineo, un anzuelo helado que la empuja para abajo hasta un rebote inflexible y le hace recordar los abismos en que antes se extasió […]. No todo el mundo sabe lo que es tener el pene del rival de su padre a unos centímetros de la nariz. […]. Cierro los ojos, aprieto las encías, me agarro a las paredes uterinas. Esta turbulencia arrancaría las alas de un Boeing. Mi madre estimula a su amante, lo incita con gritos dignos de un parque de diversiones. ¡Muro de la muerte! En cada movimiento del pistón temo que este rompa la barrera, perfore los huesos hasta lo blando de mi cráneo e irrigue mis pensamientos con su esencia, con la nata torrencial de su banalidad. Entonces, con el cerebro afectado, pensaré y hablaré como él. Seré el hijo de Claude».

Claude es el nombre de su tío, amante de su madre, asesino de su padre. Lo perturbador del texto es el giro en torno a la filiación. Si a lo largo de toda la novela (tal como en Hamlet), él se piensa hijo del padre-muerto idealizado aquí, al ser partícipe del acto sexual, pasa a reconocerse como hijo del padre-vivo -un padre cuyo deseo está causado por una mujer que aloja un semblante de objeto a.

Saberse hijo de un deseo perversamente orientado es fundar un padre que puede transmitir una cara vivificada de lo inhumano que hay en el deseo. Es decir, la père-version al mismo tiempo indica y es ya una respuesta a lo imposible en juego en la relación sexual. La père-version transmite algo de un arreglo singular del goce frente al Otro sexo y en tanto un hijo recoge ese acento, habrá una filiación operando. No se trata de una filiación cualquiera, sino justamente de aquella que da a un padre el derecho al amor y el respeto conforme a la tan conocida frase de Lacan: «Un padre no tiene derecho al respeto, sino al amor, más que si el dicho amor, el dicho respeto está [….] père-versement orientado, es decir, hace de una mujer objeto a minúscula que causa su deseo».[1]

Si el feto de McEwan sabe lo que la ratita de su madre se deja hacer como mujer, aunque se resista, sabrá ser hijo de un padre vivo que quizá transmitirá un goce del cual pueda hacer uso de un modo singular.

Traducción: Estefanía Elizalde

NOTAS

  1. Lacan, J., RSI, clase del 23 de enero de 1975, inédito.