Por Gabriela Camaly (EOL)

Madre, ¿hay una sola?
Es interesante formular bajo la forma de pregunta la frase que, en el sentido común y desde siempre, escuchamos como una verdad indiscutible y universal: «Madre, ¡hay una sola!» Sin embargo, las cosas han cambiado. La ciencia se ha ocupado de multiplicar a la madre. Hoy, un niño puede ser hijo de aquella que lo llevó en el vientre pero el óvulo puede ser de otra mujer, o bien, puede ser hijo de dos mujeres dispuestas a la maternidad en la relación con otra mujer y también de dos hombres cumpliendo alguno la función de madre, incluso puede ser hijo de uno solo que hace las veces de madre o de padre. En fin, todo esto hace parte de lo que nombramos como nuevos modos de la parentalidad.

La maternidad desnaturalizada
Durante milenios, la sociedad ha soñado al lazo maternal como un lazo natural. La afirmación mater semper certa est da cuenta de dicho sueño. El avance científico se ha encargado de ponerla en cuestión debidamente y el psicoanálisis ha demostrado que la maternidad es una función simbólica producto de la relación de los seres hablantes con el lenguaje. Así, no es necesario haber parido un niño, incluso tampoco es necesario pertenecer al género femenino para desempeñar al función materna para el otro. La cultura se ha encargado de desnaturalizar a la maternidad y eso es posible porque la maternidad es un hecho de lenguaje.

El goce del sacrificio materno
Un lejano recuerdo vuelve a mi memoria. En cierta ocasión, mi madre exclamó: «Madre, ¡hay una sola!» Su frase exigía devoción a la posición materna. Apesadumbrada y sin pensamiento, estalló mi respuesta: «¡Uf! ¡Menos mal! Qué sería de nosotros si hubiera varias…» Su ofensa duró varios días y yo tuve el relámpago de haber situado algo agobiante de lo que necesitaba separarme; el idilio con el goce sacrificial del Otro materno, ese que preserva para la vida pero también devora.

Desde tiempos inmemoriales, el ideal común hace alarde del amor materno. Sólo esa, aquella que ha llevado al hijo en sus entrañas, es capaz de dar lo que no tiene para salvaguardar al objeto preciado en su deseo y en su goce. Ella es capaz de un amor ilimitado, sin miramientos ni retaceos; ningún otro como la madre se dispondrá a los sacrificios a los que ella se entrega. Fantasma compartido de la existencia de un Otro garante del ser que eleva al ideal la creencia en el Otro del amor. Como contrapartida, y en el reverso del amor materno, aquel que está en posición de hijo soporta sobre sí los excesos de la maternidad, incluso -y no es una exageración decirlo- el sin límite que la posición materna puede alcanzar, más allá de su amor, en su goce. Es el punto exacto en el cual, lo ilimitado del goce femenino se conjuga con el goce voraz de la maternidad.

De mujeres y de madres
Es por eso que Miller puede afirmar que la maternidad es una patología esencialmente femenina. Ella, al no poder transformarse en mujer, se transforma en madre.[1] La solución femenina al «no tener» se resuelve vía la maternidad, dando consistencia al falo bajo la forma del hijo; ella pasa así del lado del tener. En este sentido, si bien por un lado la maternidad es una solución ante el impasse de la feminidad, por el otro, constituye una de las formas de rechazo a lo femenino. Tanto más identificada a la madre, tanto más dispuesta a no renunciar a nada en pos de la maternidad, tanto más entusiasta en hacer sentir al hijo que «¡madre hay una sola!», tanto más enferma de maternidad se encuentra y, a la vez, tanto más lejos de inventar una solución respecto de su propia posición femenina, es decir, en relación a su deseo y su goce como mujer.

Conviene entonces establecer algunas diferencias. A saber: 1. la función materna que detenta un interés particularizado por el niño; 2. la maternidad como patología femenina, la cual puede tener su lado oscuro e ilimitado; 3. la posición histérica como tipo clínico y su profunda verwerfung respecto de lo femenino; 4. el goce suplementario femenino siempre en exceso; y, finalmente, 5. las soluciones posibles que cada mujer puede inventar ante el impasse que implica la imposibilidad de saber qué es una mujer ni de decir cuál es el goce que la habita.

Sin lugar a dudas, el próximo ENAPOL será una ocasión privilegiada para retomar estas cuestiones y producir nuevas elaboraciones que conciernen al entrecruzamiento entre la práctica del psicoanálisis y la época que nos toca vivir, como analizantes y como analistas. ¡Que así sea!

Marzo, 2017

NOTAS

  1. Miller, J.-A. (2006), Clínica de la posición femenina (1992), Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España, Barcelona: RBA.