Agradecemos la amable autorización del autor R. Seldes y de Colección Diva para publicar en la sección Textos de Referencia de la web del XIII ENAPOL el segundo capítulo del libro La urgencia dicha, cuya primera edición fue publicada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Colección Diva en el año 2019, p. 31-43.
Urgencias hay muchas, las sociales y las individuales: las de los fondos libidinales, llámense urgencias económico-financieras o amorosas; las arrebatadoras; las de las pérdidas reales o imaginadas: las invasoras. Las del Otro que de golpe se ha puesto a vociferar en las orejas psíquicas del sujeto, o las que lo someten a la angustia más cruel; las oníricas, que los dejan insomnes e incluso pueden desencadenar una psicosis; o al revés, las que atan a algunas personas al querer dormir, cuanto más mejor, y si fuera para siempre, mejor aún.
Tenemos preguntas que no silenciamos: ¿Cómo sabemos que una urgencia es una urgencia? ¿Quién de todos los que estamos concernidos por el psicoanálisis no se ha formulado esta pregunta? Hay otras ¿en qué se diferencia el tratamiento de la urgencia de lo que cualquier psicoanalista debe enfrentar cuando está ante un sujeto mudo o aterrado, ante el agitado desanudado, ante el llanto, el grito o el silencio furioso, la mudez ominosa, que se encarnan en un hombre desesperado, en una mujer decepcionada, en un joven hiperexigido, en un sujeto irónico, en alguien que ha perdido el amarre al lenguaje? ¿Qué implica ofrecerse de un modo discreto para escuchar a quienes padecen de la ruptura aguda de la cadena significante?, tal como Éric Laurent nos ayudó a definir en un generoso encuentro que tuvo con el Equipo de Urgencias que construimos a finales de los años 80 en el Hospital Evita de Lanús junto con quince colegas y que fue para nosotros el inicio de este recorrido.
Resaltemos la invención que fue ese dispositivo: uno recibía un paciente, quizás éramos dos si había que medicar. De acuerdo a los casos, el paciente tenía una, dos, diez sesiones en la misma mañana, era vuelto a citar al día siguiente o el subsiguiente, era recibido por los mismos o por otros. He ahí el detalle que llamaba la atención, no a todos. Inventamos el dispositivo de a varios a nuestra medida y conveniencia. Teníamos un sistema de fichas en donde consignábamos algunos datos, nos llamábamos por teléfono para comentar quién o quiénes vendrían al día siguiente. Era un dispositivo hospitalario colectivo.
En las reuniones de investigación, de una vez a la semana o cada quince días, analizábamos los procedimientos, nos planteábamos los problemas, nos encontrábamos con las paradojas. ¿Y la transferencia? La que se quería instalar desde el inicio, cuando quien recibía al “urgido’’ y después del tiempo de la urgencia, no continuaba más con ese tratamiento. ¿Qué decirle al paciente cuando nos reclamaba “¿por qué no me puedo seguir atendiendo con usted?” “Usted fue quien me vio en ese estado, usted es quien sabe” ¿Y cómo hacíamos cuando la urgencia se resolvía y que en el 80% de los casos implicaba un pasaje a atención en consultorios externos? Con una característica especial, los pacientes que eran atendidos por el equipo de Urgencias deseaban permanecer más tiempo en el tratamiento en el hospital, o demandaban atención en privado.
Debíamos intervenir entre nosotros, para interpretar el horror al acto, para aceptar que había que decir basta… y la otra gran pregunta ¿cuándo finalizar el tiempo de la atención en la urgencia si la institución, tal como marca su función, no lo instituye?
Había una lógica cristalina, precisa, de cálculo matemático, casi un real, con un equipo finito, con tiempos finitos. Si no derivábamos se terminaba la atención en la urgencia y había que dejar a los nuevos “urgidos” en listas de espera, lo que era, más que una paradoja, una irresponsabilidad. El tiempo de concluir la atención en la urgencia coincidía con el momento para comprender: que hubiera precipitado en un significante, el de la urgencia, que no siempre era tan fácil de aislar.
Pero eso ya había producido un cambio en lo que era para nosotros su tiempo, la introducción en la prisa originaria de un tiempo de pausa y espera, para quienes llegaron a nuestro encuentro cuando el decir se Ies había congelado, aun en el estribillo o la repetición monótona del grito de padecimiento, en el grito del silencio, siempre de dolor, siempre de sufrimiento. Es lo que nos dice un poeta tucumano: “El tiempo es un silencio que subyace debajo del olvido”.
Muchos años después, a partir de esa experiencia, surgió la idea PAUSA, el centro psicoanalítico de la atención de urgencias. Pasamos a la actualidad, no nos divierte la nostalgia, nos parece cruel, dañina y superyoica.
¿Por qué la “urgencia dicha”? La palabra “dicha” produce algunos equívocos. Plantear el tema de los equívocos y del inconsciente es nuestra manera de ubicamos en la práctica analítica. En primera instancia, da lugar a internamos en el terreno de las significaciones, terreno preciso, necesario, para captar lo que transmite la demanda de un paciente, a quien le solicitamos hablar.
Las preguntas con las que comienza el tratamiento de una urgencia implican ¿qué significa esto? ¿cuándo comenzó? Los fenómenos ¿de qué discurso se han resbalado? Aguardamos que se responda con significantes. En ocasiones sólo hay silencio, que también es una respuesta. Tratamos de que no sea un pasaje al acto. “Urgencia dicha” es, en primer lugar, poner en cuestión el decir.
Partimos de una premisa y es que nadie conoce la lengua que el otro habla, aunque compartamos el lenguaje, nadie conoce la lengua privada de cada quién. En cada caso, en todas las circunstancias, estamos obligados a recordar lo que Lacan nos ha enseñado cuando formuló “No comprender” ya que nadie conoce la lengua en la que el otro habla. Si fuésemos un poco más exigentes afirmaríamos que tampoco sabemos qué lengua habla en nosotros. El propio análisis nos proporciona alguna idea acerca de cómo algunos significantes tocaron nuestro cuerpo de una manera singular.
Cuando Lacan en el Seminario 1 se refiere a “no comprender” propone la fecundidad del “método de los comentarios”, que apunta al mismo problema. Dice que comentar un texto es como hacer un análisis, porque una de las cosas que más debemos evitar es comprender demasiado, comprender más que lo que hay en el discurso del sujeto. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender, es lo contrario. Afirmará con contundencia que “las puertas de la comprensión analítica solo se abren en base a un cierto rechazo de la comprensión”.[1]
Al año siguiente, en el Seminario 2, retomará el tema. “Suelo decírselo a las personas que controlo: cuiden, sobre todo, de no comprender al enfermo, nada los pierde tanto” Y agrega: “O sea que en nombre de la inteligencia simplemente hay ilusión de aquello que debe detenernos, y que no es comprensible”. Acentúa su posición con una metáfora para diferenciar la comprensión de la explicación. “Un músico es siempre músico de su propia música”.[2]
Comprender para Lacan era uno de los dos peligros en la aprehensión de nuestro dominio clínico, también advirtió sobre otro: no ser bastante curiosos. “Enseñamos a los niños que la curiosidad es una reprobable falta, y en conjunto esto es cierto: no somos curiosos, y no es fácil provocar este sentimiento de manera automática”.[3]
Se tratan de dos indicaciones de las pocas que se encuentran en sus enseñanzas y que son especialmente útiles en el tratamiento de la urgencia, siempre marcado por la prisa. A la prisa por concluir no conviene añadirle una prisa por comprender por parte del analista. ¿En dónde ubicamos el extremo de lo que no se comprende? En el símbolo matemático ya que se trata de un significante que se representa a sí mismo. Es la pretensión imposible del discurso del amo, el que querría significarse a sí mismo, uno que aspira a que el decir coincida con el dicho. No nos torturemos con posiciones ideales, porque no hacemos matemáticas. Ni pretendemos hacerlas en la urgencia, eso no quiere decir que no intentemos realizar algunos cálculos. ¿Por qué alejarnos de la comprensión?
Por un lado, tenemos lo que llamamos un enunciado, que es lo efectivamente pronunciado, y como tal, es una proposición verdadera (V o F). Por otro lado, tenemos la enunciación, algo más escondido, algo no dicho, algo que se capta, que se transmite de otras maneras. Es la misma relación entre la palabra dicha y el decir. El enunciado es la palabra dicha pero hay un decir no dicho que es la enunciación.
Es sobre esa diferencia, sobre esa anomalía entre el enunciado y la enunciación que interviene la interpretación analítica, la que apunta a la causa. Y cuando se apunta a una causa es para producir un efecto. Hay un cierto cálculo antes, o mejor dicho, hay una preparación. Lo hemos llamado la preparación del acto. Y, es a partir de ese efecto que nos podemos pronunciar sobre el cálculo efectuado. Tenemos entonces la causa y los efectos a partir de la interpretación.
En la urgencia ofrecemos un Otro, un símil del Otro quizás, para que el sujeto pueda captar algo de su inmersión en ese algo que lo desborda. En las consultas hay algo muy interesante y es que un sujeto “autosufriente”, se dirija al Otro, a quien pueda encarnarlo.
Lacan nos enseñó que en todos los casos se trata de esclarecer lo que implica la demanda. Si existe una, eso quiere decir algo, hay un pedido mínimo que es el de ser escuchado. Ya el mismo hecho de hablarle al Otro, de poner en juego su decir, ubica al sujeto en una posición carente, la de no ser, la de no tener, mientras que quien encarna al Otro se le atribuye un ser, incluso un todo-poder.
Lacan fue muy perspicaz al homologar el sujeto que “quiere decir” con el sujeto de la necesidad. Luego, al transformar la necesidad en demanda, el resto que deja es el deseo, algo que para él pudo ser definido como incompatible con la palabra. El deseo no puede ser dicho, sucede, se expresa entre líneas. En todo caso, entendemos que el mismo quedará del lado del querer decir, y aunque imposible, porque la comunicación es siempre fracasada, resultará que del otro lado habrá algo que siempre es exitoso, algo de otra dimensión, el goce de la pulsión. Tenemos ahí, no un querer decir, sino un querer gozar.
Si al deseo, en tanto resto, lo colocamos del lado de la insatisfacción y de la infelicidad, del otro lado, del lado del goce, tendremos la felicidad y la satisfacción.
¿Qué relación tienen el deseo y la pulsión? El deseo implica una cesión en comparación con la pulsión. Es un axioma: la pulsión siempre se satisface, de forma directa, indirecta, de manera económica, dolorosa o agradable. Esta tesis se corresponde con señalar que hay arreglos, modos de goce. Lacan, en “Televisión”, trabajó los afectos, los denominó las pasiones del alma.[4] En esta entrevista pronunció su consabida expresión el sujeto es feliz. En la edición en castellano de los Otros Escritos se la ha traducido por “el sujeto es dichoso”.[5] Es lícito preguntarnos por este deslizamiento entre lo que comúnmente se aceptaba y la nueva versión. En el diccionario etimológico de Corominas se lee la definición de dicha: suerte feliz, 1335; primitivamente significó “destino”. Su origen es del latín dicta “cosas dichas” al cual lalengua, como siempre, hizo sus retoquecitos. Lo transmitió en el sentido de “hado” fatum, que es el participio pasado de fari, “decir, hablar” aunque empleado con el sentido de “suerte o destino” por la creencia pagana de que la suerte individual se debía a unas palabras que pronunciaban los dioses, o las Parcas, al nacer el niño.[6] En la urgencia, el analista produce un empuje a hablar, a decir.
Cuando Lacan señala que el sujeto siempre es dichoso, se refiere a que el sujeto es feliz en la satisfacción de la repetición. La urgencia dicha así ubicada, nos remitiría a esa extraña felicidad del silencio de la pulsión que puede llegar a lo más mortífero. Lacan hace un tour interesante en esta entrevista, porque vuelve a hablar de la “comprensión” y la define como “morder el sentido”. Lo hace a continuación de poner el acento en la tristeza, y su contrario el gay-saber. Así está escrito en la misma página: “Lo opuesto de la tristeza que es un pecado, una falta moral si se toma como referencia el bien decir, mientras que el gay-saber, la gaya ciencia es por el contrario una virtud. Una virtud no absuelve a nadie del pecado, original como todos saben. La virtud de manifestar en qué consiste: no en comprender, en morder en el sentido sino en pasar rozándolo lo más cerca posible…”.
Pronunciar que el sujeto es feliz es una vociferación, tal como la ha definido J.-A. Miller. Una vociferación es una exclamación que proviene de una voz fuerte, no es un enunciado ni es una proposición. El enunciado viene siempre con su enunciación, es un hecho sin valor de verdad o falsedad. La vociferación en cambio, supera la división del enunciado y la enunciación, no se suspende ni se distancia de quién la pronuncia incluso cuando no haya semejante que no se distancie de donde se pronuncia. Incluye fundamentalmente su punto de emisión.
Nos consultan en múltiples oportunidades por depresiones. “Consideramos a la tristeza como un saber, un saber triste, un saber cortado de la vida, separado de lo real del goce. Es un saber que se articula solo, y que ha perdido el vacío que lo articularía al propio goce”, señaló Éric Laurent en su tercera conferencia del Seminario de Bahía en noviembre de 2000.[7] El analista es quien se orienta por la ética del bien decir, la que prescribe encontrar un acuerdo, una armonía entre el significante y el goce. El problema de la depresión es un asunto de saber, es fundamentalmente, un saber triste que no puede decirse.
Recibimos pacientes deprimidos, en urgencia muchas veces, moderada o grave, que no logran poner en discurso algo de eso no dicho. Paradojalmente, la llamamos la urgencia dicha, la que se goza sin saberlo. Escuchar la demanda de cada uno marca un giro, en tanto para el discurso analítico los hechos del deseo y la respuesta del goce son singulares.
Si la temporalidad del análisis es la angustia, y eso vale también para la urgencia, para ese momento de perplejidad en el que la palabra queda presa en la garganta[8], contamos con la función operatoria del deseo del analista que apunta a suscitar un contorno de espera. No de esperanza, eso siempre complica. Lo podemos caracterizar como una propuesta que permita una mezcla de aburrimiento en los casos más excitados, (el aburrimiento siempre es la espera de Otra cosa), con la oferta de encontrar una sorpresa que sea más eficiente que la disyunción o quedar descolgado del Otro. Se trata siempre de intentar localizar el goce a partir de lo que se dice.
Sabemos que en la psicosis, liberado de las sujeciones a la significación fálica, el objeto a se pone a pulular. El goce ya no está localizado, el significante no logra localizarlo. Y aparece ese otro goce que escapa a la función normalizante del goce fálico. En la melancolía, por ejemplo, cuando el sujeto se reduce a su ser de desecho para servir a la voluntad de un Otro todopoderoso y maligno. Lo que atormenta al psicótico es un goce sin ley y sin marco. ¿Cómo podemos describirlo? Alucinaciones insistentes, presencia insoportable de la mirada por doquier, temores diversos como ser envenenado, burlado, violado, perturbaciones hipocondríacas, tentativas de mutilación, sentimiento de pérdida o deformación de los órganos del cuerpo, pasajes al acto etc.
Es verdad, que ciertas formas de delirio consiguen aplacar y hasta extinguir estas manifestaciones parasitarias al lograr reunir lo esencial de los investimentos libidinales sobre una construcción significante sistematizada. No alentamos su producción ni nos proponemos delirar con los pacientes sino intentar reducir esos delirios, nunca nutrirlos.
Cuando hay ciertos significantes que aparecen con un gran peso en lo real, exceso o falta absoluta de significación, son tomados en cuenta muy especialmente por lo que Lacan llamó el sujeto del goce, quien les otorga una atención única, que testimonia del goce que implica la ruptura en la cadena significante. Esos significantes con valor de letra, para poder volver a ser insertados en el mundo del sujeto, precisan del delirio para apaciguarlo, para que salga de su perplejidad y entienda algo. Algunas de esas palabras pueden cobrar el valor de neologismos. Su importancia es que permiten localizar el goce, por eso les debemos tanto respeto. En el paranoico se ve más claramente cómo el delirio es parte de su tentativa de curación, para ordenar el bullir del goce. El sujeto se aferra a su delirio como algo que es él mismo.
En nuestra experiencia inaugural de la atención de la urgencia por parte de psicoanalistas, en la práctica hospitalaria, hemos realizamos un texto titulado “La urgencia y el discurso”[9], inspirado en la lectura del curso de J.-A. Miller Los signos del goce.
Allí planteábamos que en la urgencia el significante no se articula en un decir y se verifica el efecto de mortificación que él mismo produce aislado, que impide el movimiento de representación que permita una pérdida de goce, una localización. Claro como el agua: se trata del discurso del amo o del inconsciente impedido. El surgimiento del exceso aparece como inevitable. Se trata de ese momento en el que el significante hace objeto, lo que implica un traspaso de lo simbólico a lo real.
Un sujeto en la urgencia aparece como fuera de discurso, fuera de lazo social, en un goce autista que no se dirige a nadie, de allí nuestra primera propuesta de ofrecemos en la dirección de la urgencia, en ambos sentidos de dirección.
En ese entonces, no hacíamos grandes relatos acerca de la diferencia entre la urgencia en las neurosis o en las psicosis. Lo planteábamos del lado de la estructura. Es la psicosis la que nos muestra la estructura mientras la neurosis señala cómo se la vela.
Nuestra “locura” desde entonces fue siempre ubicarnos en la dimensión de producir el sujeto. Hablar de las urgencias como subjetivas no va de suyo, sino que implica la intervención del analista. Dicho de otra manera, las urgencias no suelen ser subjetivas sino por la inmixión de un analista y de su escucha al extraer algo del decir en los dichos.
¿Qué obtenemos de esto? Que la estructura se revela en la urgencia cuando los saberes existentes fallan, cuando la mayor parte de los sentidos que pueblan la vida de un sujeto caducan.
En la urgencia intentamos hacer legible algo de lo inefable, lo que deja a un sujeto perplejo, por lo tanto no lo pensamos en términos de levantar la represión.
No es la neurosis con sus defensas la que nos permite captar el mecanismo de la urgencia, sino más bien la psicosis y la demostración lacaniana de que todos somos delirantes. El delirio es una interpretación, es algo que da sentido a lo que se aparece, a lo que irrumpe en la vida de una persona, por lo general súbitamente. Es ese punto de perplejidad en que el sentido no aparece, el que podemos calificar como un momento en espera de sentido, enigmático, que no colma de satisfacción.
En la urgencia surge lo enigmático, ese decir arrinconado. Hay algo que se inmoviliza, surge un solo significante que suele provenir «como de lo real» o adquiere ese valor, para dejar fijo al sujeto.
Para ubicamos en la urgencia nos servimos del fenómeno elemental en tanto metonimia inmóvil, o como metáfora impotente. Utilizamos el «operador de perplejidad»[10] en tanto la situación normal del ser humano como efecto de significante y traumatizado por lalengua, es tener que descifrar un significante.
De la misma manera tomamos la cuestión de la paranoia inicial de todo sujeto al comienzo de un análisis, el significante de la transferencia, el que autoriza a que se puedan hacer las interpretaciones ulteriores, lo cual nos permite homologar dicho significante al inicial de un delirio.
¿Es posible la producción de un significante amo, un S1 en el dispositivo de la urgencia? No siempre llegamos a aislarlo cuando contamos con tres o cuatro meses de tratamiento, pero eso no nos impide que se produzcan algunos significantes fuertes, que condensan libido, que permiten nombrar, de manera transversal, el goce en juego.
El significante Uno siempre es elemental, no se sabe lo que significa, está a la espera del saber, del S² o del delirio. Todo saber es delirio y el delirio es un saber, con el elemento de delirio que hay siempre en la invención. “Lo interesante de la invención de saber es que el delirante no retrocede ante la elaboración de saber”, dice J.-A. Miller, así como el analista no debe retroceder ante el psicótico, y por supuesto ante la urgencia.
En el trabajo de la urgencia dicha se comienza a perder algo de goce. ¿La urgencia dicha es dichosa o justamente deja de serlo? Apelemos a un oxímoron, partir de una conclusión: que el significante no solamente mortifica el organismo del viviente, sino que también produce goce. Y es con eso con lo que tenemos que vérnoslas en el análisis, una experiencia de hablar.
El sujeto de la urgencia dicha no debe nada sino a la contingencia de lo que sucede. Las coordenadas del caso cuando hacemos clínica son del orden de la contingencia, y no estaba escrito. ¿Cuándo la urgencia deja de ser “dichosa”? Cuando se capta, de verdad, que entre el decir y el dicho hay una pérdida y alcanza con que se la pueda soportar un poco.
El trabajo propuesto en la urgencia subjetiva no es sino una exploración, una investigación clínica para rodear esos puntos en los cuales se encontró una certeza, en los cuales se produjo un desabrochamiento salvaje entre la cadena significante y el goce pulsional. Una investigación que realizada en un lazo discursivo, permite que el sujeto capte la causa de esa ruptura y la ponga al trabajo.
En definitiva, se trata de custodiar que los sujetos logren penetrar en los insondables vericuetos de su decir, con la consideración que le otorgamos en el psicoanálisis de la orientación lacaniana a la dignidad del síntoma. De este modo argumentamos que cada uno puede arribar en el tratamiento de su urgencia a un punto en el que la vida le sea un poco más satisfactoria, y también un poco más vivible.
Transformar la urgencia subjetiva en una aventura psicoanalítica es sin lugar a dudas el modo de asegurar la singularidad de cada caso y en cada una de las situaciones, sin pretender un retomo a lo anterior, refrendar el valor de la contingencia en la vida de las personas.
* Este capítulo ha sido especialmente editado para nuestra web con el permiso de su autor.
[1] Lacan, J. (1953-1954), El seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1981. p. 119-120.
[2] Lacan, J. (1954-1955), El seminario, Libro 2, El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Buenos Aires, Paidós, 1978. p. 137.
[3] Ibid, p.160.
[4] Lacan, J., “Televisión”, Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 1973, p. 551.
[5] Ibid., p. 552.
[6] Corominas. J., Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. España, Gredos, 2009, p. 192.
[7] Laurent, É., Las pasiones del ser. Buenos Aires, Tres Haches, 2001, p. 76.
[8] Buarque, C., Cálice, Direzione Generale, Preta Music, Cara Nova Editora musical, 1973.
[9] AA.VV., “La urgencia y el discurso”, Los psicoanalistas frente a la práctica hospitalaria, Buenos Aires, Editores Vergara, 1989.
[10] Miller, J.-A., “La invención del delirio”, AA.VV., El saber delirante, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 93.




