Por Ludmila Malischevski

Dolores Reyes nació en 1978 al oeste de la provincia de Bs As. Vive y escribe en el conurbano, Caseros, Tres de Febrero. Estudió Profesorado de Enseñanza Primaria en el Colegio Normal 10. Estudió Griego y Culturas Clásicas con Victoria Juliá en la UBA. (no terminó la Licenciatura). Trabaja como maestra en Pablo Podestá, a 150 metros de donde están enterradas Melina Romero y Araceli Ramos y muchas de las víctimas de femicidio que marcaron su vida y su escritura. Trabajó su novela Cometierra con Selva Almada y julián López. Cometierra fue publicada por Editorial Sigilo en Argentina y España, salió, en Colombia por Rey Naranjo y en Italia por Solferino, en Francia por L´observatoire, por Harper Collins en Inglaterra, Estados Unidos, Australia, y en Polonia, Turquía, Suecia, Noruega, Grecia y Brasil. En la actualidad trabaja un libro de cuentos y la novela que será la segunda parte de Cometierra.

 

L.M: ¿Cómo surgió “Cometierra” y el gesto tuyo de abordar el tema de los femicidios a través de la literatura?

D.R: Cometierra nació en el espacio de un taller de experimentación literaria, en el segundo año de ese taller, en el primero había escrito cuentos todo el año. Y yo seguía en realidad con esta dinámica de escribir cuentos, pero ya el taller había mutado muchísimo, cada uno iba llevando sus propios proyectos. Y en una de esas juntadas (que teníamos una vez por semana los miércoles) cada uno leía y los demás hacían observaciones sobre el texto, sugerencias como para poder llegar a la mejor versión posible de ese texto que se estaba trabajando. Un compañero que se llama Marcelo Carnero leyó un texto muy poético que terminaba en “tierra de cementerio”. El último verso era “tierra de cementerio” y yo cuando lo leía estaba muy concentrada en eso, con los ojos cerrados.  Y de alguna forma se me apareció una nena sentada en esa tierra de cementerio de espalda, con el pelo largo y muy llovido, y lo que hacía justamente era tirar la mano hacia la tierra, cerrarla y llevarse un puñado de tierra a la boca.

Y fue una imagen por un lado muy fuerte y también muy potente como para empezar a contar desde eso una historia, entonces de alguna forma, fue primero armar la imagen por escrito, a ver si se podía conservar esa potencia narrativa que yo veía en esa escena inicial.

Y de ahí tirar un poco de la ficción y pensar: ¿qué pasa con eso? ¿qué le pasa a ella con esa tierra de cementerio que está comiendo? Y de ahí se me ocurrió que quizás algo del orden espiritual podía volver a la tierra. No sólo la materia como nos han enseñado, que el cuerpo vuelve a la tierra y el alma, o el espíritu y demás al cielo… sino que algo de la experiencia, o del alma, o de la historia de esa persona también fuese a la tierra. Y lo que hace la nena es incorporarle al cuerpo el poder ver y poder contar lo que está viendo.

Después el tema de los femicidios no fue una transposición, digamos, tan voluntaria, sucede que uno a la hora de escribir pone ahí sus obsesiones, su mirada, pero sobre todo eso que lo problematiza. Eso que te sacude, que te conmueve y que no está resuelto. Entonces, pensando en el tema de las personas muertas, de los cuerpos muertos que faltan… enseguida vino el tema de las mujeres que han sido violentadas, asesinadas y que su cuerpo continúa siendo buscado por su familia o por sus seres queridos.

L.M: ¿Cómo se juegan el amor y los lazos en Cometierra?

D.R: Me parece que ese fue un tema central porque si bien la novela tiene todo eso tan tanático, o tan oscuro del lado de los muertos, ese lado del cual queremos muchas veces separarnos, o no estar en contacto o pensando en eso todo el tiempo… También está todo el lado vitalista y ahí el amor entra de lleno y con toda la potencia que tiene a los 16, 17 años.

Está ahí la historia de Cometierra y Ezequiel, pero también hay otras formas de amor: la que construye con su hermano, la que construye con los chicos que van ingresando a la casa y van compartiendo cosas con ellos. La que construye con Hernán, con Miseria más adelante, que va a terminar siendo una suerte de familia elegida.  Entonces, hay mucho de pensar esos lazos sobretodo teniendo en cuenta que ellos de alguna forma se cierran adentro de esa casa al mundo exterior, al mundo de los adultos que los estaba violentando tanto. Y empiezan a relacionarse de una forma que para mí es mucho más saludable, libres de todos esos mandatos de violencia que es lo que de alguna forma le está proponiendo y mostrando todo el tiempo el mundo de los adultos. Ellos comparten, o sea lo poco que tienen, una cerveza, un CD trucho, un juego de play station y cada uno va aportando algo. Además, está esto de “ranchar”, están reunidos, comparten, pasan el día, conversan, juegan, van relacionándose de otra forma que no es la de la violencia justamente, o la de los mandatos que como resultado traen tantas veces mucha violencia.

Y por otro lado también, hay una suerte de acuerdo entre Walter y Cometierra, que es un acuerdo tácito, nunca está dicho, de no abandonarse, de permanecer, de seguir juntos, de acompañarse, de escucharse, de estar para el otro.

L.M: Eso es muy lindo, la relación de los hermanos y que además atraviesa el crecimiento de los personajes también ¿no?

D.R: Sí, absolutamente, y más en esos años y también en ese nivel de intensidad que propone la novela, que en unos 10 años pasan un montón de cosas.

L.M: Y construyen un mundo aparte en el que hacen algo distinto, no reproducen lo que venían sufriendo, son otro tipo de lazos…

D.R: Sí, exactamente. Yo de alguna forma tengo la mirada puesta ahí en los pibes jóvenes que son para mí los que pueden empezar a relacionarse de otra forma, justamente no de esas formas heredadas que no han sido discutidas. Cometierra es una novela que tiene muy en cuenta cuales son las consecuencias de todas esas formas de vincularse entonces busca para otro lado.

L.M: Bien, yendo por ese otro lado, ¿habrá algo nuevo en el amor en el campo de las ficciones literarias?

D.R: Yo creo que el amor es un tema central en la literatura entonces siempre hay muchísima indagación ahí. Veo infinidad de cosas como hay infinidad de libros, pero sí, acabo de leer “La hija única” de Guadalupe Nettel y ahí me parece que hay una forma de abordar el amor maternal. El libro está dedicado a todas aquellas madres que desearon alguna vez que sus hijos se mueran. Entonces, ¡ya te sacude desde la dedicatoria! Pero me parece que hay un montón de libros que indagan justamente las relaciones porque vuelvo a decir es central en la vida humana y entonces, es un tópico central al que la literatura vuelve una y otra vez y me parece que siempre va a estar ahí rondando…

L.M: ¡Muchas gracias Dolores Reyes!