Antes de comenzar, agradezco al Bureau de la FAPOL-Gaby, Maria Hortensia y Elisa- y al presidente de la AMP -Ricardo Seldes- por la confianza al convocarme para esta tarea. También a mis compañeras, Andrea, Flavia y Gabi, está siendo muy grata su compañía en esta travesía. Como señaló Andrea recién hay un montón de gente que se fue sumando al trabajo y a las que también les agradezco especialmente su compromiso. ¡Y claro! a todos ustedes por acompañarnos hoy.

De la palabra al trazo

El pequeñísimo extracto que da inicio a nuestro video de lanzamiento es de 1972. Allí Lacan es entrevistado en Bélgica por la periodista Francoise Wolff. El día anterior había dado su conocida conferencia -también filmada- en la Universidad Católica de Louvain. Esos documentos -que se encuentran en YouTube- fueron transmitidos por la televisión argentina por primera vez en el 2009.

En esa entrevista Lacan coloca en el centro de la práctica analítica a la palabra, pero queda claro que si la palabra está ahí, en el centro de la experiencia de un análisis es por que ya estaba, ya había estado en el origen de la vida misma de todo ser humano determinando su destino. Todo -nos dice- pasa por la palabra. Lacan nunca dejará de preguntarse por esta incidencia y su trabajo obstinado sigue contagiándonos. Nos advierte de diferentes formas que la cuestión no es solo una exquisitez teórica si no que a ella se enlaza el porvenir del psicoanálisis. Tengo la idea -que es también expectativa- de que el tema de nuestro próximo ENAPOL retoma, toca, bordea, de una manera preciosa este problema lacaniano.

Para la misma época de esa entrevista, entre 1969 y 1973 Lacan se encontrará en numerosas ocasiones con el reconocido pensador Francois Cheng. Cheng nació en China en 1929, en una familia de intelectuales, estudió en su país natal pero en 1948 se trasladó a París. Tenía apenas 19 años y no hablaba ni una palabra en francés. Cuenta que se enamoró de esa lengua y se consagró a su estudio. La transferencia con Lacan será mutua. Cheng le agradecerá y le dedicará expresamente su libro sobre la pintura china “Vacío y plenitud” y Lacan lo menciona en la clase “La variedad del síntoma” del Seminario 24 para referirse a la interpretación de una manera inédita.

Es hermoso como Cheng habla de esos encuentros, quizás lo hayan leído, les comparto un fragmento:

“Del intenso intercambio con Lacan, a veces extenuante para mí -dice- yo era, de hecho, el gran beneficiario. En cuanto a Lacan mismo, me pregunto ¿qué obtuvo él de esto? Estábamos al principio de los años setenta. Lo esencial de su teoría ya estaba formulado. Sin embargo en esta inmersión en la cultura china, su curiosidad intelectual encontró atractivos, su espíritu escrutador extrajo inspiraciones y en el corazón mismo de su teoría, tal o cual concepto encontró ecos.”[1]

Cuando uno se sumerge -de una manera un poco intensa hay que decirlo- en la organización de un evento como este nos ocurre que todo se tiñe del tema que nos convoca, Para decirlo metafóricamente en este caso toda mi vida se ha vuelto un poco más fluo. Entonces, hoy, ahora, en esta realidad verde que hemos elegido, no puedo dejar de pensar que lo que Lacan buscaba en China era una nueva forma de abordar la relación siempre misteriosa entre el cuerpo y la palabra.

Hace 16 años, en una noche inolvidable, en la antigua sede de la EOL, le escuché decir a Francois Jullien: “Si occidente honra la palabra, oriente honra los trazos”. Toda esa conferencia fue conmovedora. No era la primera vez que me sentía atraída por lo oriental, ni tampoco sería la última.

Efectivamente Cheng cuenta que uno de los libros que Lacan le pidió que revisaran juntos fue Apuntes sobre la pintura china de Shi Tao, donde se aborda de una manera especial la cuestión del trazo. Se trataba de un texto que Lacan ya había leído en francés y fue la última obra que trabajaron juntos hacia 1973. Uno de los conceptos de ese breve texto sobre la pintura en el que Lacan le pide a Cheng detenerse es el de Trazo Único del Pincel.

Sigamoslos entonces y pongamos el foco en la cuestión del trazo.

En la tradición china la pintura, la poesía y la caligrafía son indisociables, el artista las maneja con destreza equivalente, de hecho son llamadas las artes del trazo. Esta conjunción se hace notable por ejemplo en la forma en la que los ideogramas suelen acompañar a las pinturas: no se trata de un mero adorno ni de un comentario añadido desde afuera; las líneas del poema participan del ordenamiento del conjunto y en verdad horadan el espacio en blanco, introduciendo una nueva dimensión que es temporal. La importancia del trazo se encuentra presente desde la primera página del libro sobre la escritura poética de Cheng. Les leo:

“Signos grabados en conchas de carey y huesos de búfalo. Signos que ostentan las vajillas sagradas y los utensilios de bronce. Adivinatorios o utilitarios, se presentan ante todo como trazos, emblemas, actitudes fijas, ritmos visualizados. Porque es independiente del sonido e invariable, porque forma una unidad en sí, cada signo preserva la ventura de seguir siendo soberano y, con ello, la de perdurar. Desde los orígenes, la escritura se niega a ser un mero soporte del idioma hablado” [2]

En este contexto no es loco aventurar que lo que a Lacan le interesó de la poesía china fue su dimensión pictórica, un tipo de poesía que tiene un ritmo sí, un canto propio sí, pero que no se independiza jamás de la escritura.

Les decía que de un tiempo a esta parte todo es verde en mi universo. Agregaré también que todo se ha llenado de pequeños guiones. Entonces no es raro descubrir que el trazo inicial y más simple de la escritura china, es también un diminuto trazo horizontal. Ese trazo, el más básico, representa en la tradición china un acto de creación fundamental, la creación del cielo y de la tierra a partir de un gesto  simple que es de separación. Esa marca, que en español le decimos guión y en portugués hifen, en chino se dice héng y también significa “Uno”. Un trazo de este estilo es más bien un calado, un rasgón, una herida vital y creativa, pienso ahora en los cuadros rasgados de Lucio Fontana.

Jacques-Alain Miller retoma en incontables ocasiones el problema y el movimiento -de la palabra al trazo- que intenté cernir hoy para ustedes en esta apertura. En su seminario Extimidad por ejemplo, para mencionar al menos una de estas múltiples referencias, nos habla en términos de “deslizamiento”, de “mutación” de la función de la palabra a la función de la escritura. Se trata, nos dice también, de un “pasaje sensible”[3] en la enseñanza de Lacan pero nos advierte que la cuestión no es lineal, y nos invita a escudriñar, a no dejar de investigar qué hay de lo último en lo primero.

Estas palabras son también una invitación a curiosear, a leer, a conversar con otros sobre un tema que considero preciosamente clínico: Mal-entendidos durante la experiencia analítica.

¡Tenemos tiempo para prepararnos, la cita es en mayo!

Eugenia Serrano


[1] Cheng, F., “Lacan y el pensamiento chino”, Lacan, el escrito, la imagen, Buenos Aires, Editorial Siglo XXI, 2001, p. 166.

[2] Cheng, F., La escritura poética china seguido de una antología de poemas de los Tang, Valencia, Editorial pre-textos, 2007, p. 11.

[3] Miller, J.-A., Extimidad Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2010, p. 404.