He dicho que me dejaría llevar por estas impresiones, en lugar de conducirlas yo a ellas. La primera de todas me devuelve al comienzo, a mi primera sesión con el Profesor. Paula ha abierto la puerta (aunque yo no supiera en aquel momento que esa hermosa doncella vienesa se llamaba Paula). Me ha quitado el abrigo y ha hecho un comentario de bienvenida que me incomoda un poco, porque pienso en inglés y sólo se me ocurren palabras inglesas. Me ha llevado a la sala de espera (…) Espero en esta habitación. Sé que el Prof. Dr. Sigmund Freud abrirá la puerta que me enfrenta. Aunque lo sé y he estado meses preparándome para esta ordalía, estoy, no obstante, desconcertada, sorprendida, incluso impactada, cuando la puerta se abre . Me resulta, después de mi tiempo de espera, que él aparece demasiado pronto.
Atravieso la puerta en piloto automático. Se cierra. Sigmund Freud no habla. Espera a que yo diga algo. Yo no puedo hablar. Miro a mi alrededor. Como buena amante del arte griego, sigo en automático haciendo un inventario de los objetos de la habitación. Hay objetos invaluables, preciosos, exhibidos sobre los estantes, a izquierda y derecha. Me han contado sobre el Profesor, sobre su familia, sobre su estilo de vida. […] Sé qué hace alrededor de cinco años tuvo una seria recaída de una grave enfermedad anterior, y que fue otra vez operado de esa forma particularmente nociva del cáncer de boca o de lengua y que de milagro (para el asombro de los especialistas vieneses) se recuperó. Me parece, de algún modo extraño, que ambos nos hemos “salvado de milagro” para algún propósito. Todo esto es una sensación, una atmósfera, algo que advierto o percibo pero que no puedo poner en palabras o en pensamientos. No podría haberlo puesto en palabras ni siquiera si me hubiera dado cuenta entonces. Sí sé que es un gran privilegio estar aquí, de esto sí me doy cuenta.