Celeste Viñal

EOL (Buenos Aires)

«¿Quién es yo? ¿Solamente un reclamo de huérfana?»
Alejandra Pizarnik

«Dado que el yo de cada uno es delirante, un delirio
puede ser considerado una acentuación de lo que cada
cual lleva en sí, y que es posible escribir como deliryo» [1] Jacques-Alain Miller

Lo enseña Lacan, todo cuerpo está solo en el encuentro con el traumatismo de lalengua. Solo y sin antecedentes, sin saber alguno sobre su función, razones o comportamiento. Aunque la ciencia insista cuán determinante es la información genética, ésta no alcanza para dar pistas a ese viviente que se topa de modo azaroso con la afección que le produce el encuentro con el significante.

Entonces aquel organismo impar, habitado por «el goce natural del cuerpo vivo» [2] ha de responder de algún modo frente a ese desvío.

La alteración dará un rumbo que se constituirá como una marca singular. De allí podrá advenir sujeto bajo los modos de la respuesta estándar del Nombre del Padre, quedando inscripto en el campo del Otro bajo la «comodidad» de las significaciones compartidas, de esos S2 que le darán un sentido estable, quizás demasiado estable.

O deberá recorrer los márgenes, asistido exclusivamente por los recursos que ese paso de lalengua ha dejado: opciones mínimas, elementales, que luego podrán organizarse en una combinatoria más o menos satisfactoria para ese cuerpo. Pero nunca podrá aferrarse a la asistencia de la norma fálica que le otorgue una ilusión duradera de unidad. Redoblará, cada vez, esa orfandad inicial teniendo que arreglárselas con ese signo de interrogación que Jacques-Alain Miller ubica entre el significante y el significado, ese operador de perplejidad que ‒más o menos evidentemente en sus manifestaciones clínicas‒ existe para las psicosis.

Entonces, en estos primeros años del siglo XXI ellas nos siguen enseñando que hay mucho por hacer, aunque el Padre falte a la cita. Lacan nos esclarece, con su monumental obra, que no se retrocede frente a lo que la nostalgia reclama: la solidez de una garantía que operó en todo tiempo pasado de todo tiempo pasado, que pareció ser mejor.

Y las neurosis, inclusive en sus presentaciones actuales, pueden orientarse sobre el modelo de las psicosis sin ser confundidas con ellas. Es la gran herencia clínica de la última enseñanza de Lacan. Gracias a ella podemos intentar –sobre la punta de nuestros pies‒ estar a la altura de la fenomenología que se nos presenta en los consultorios, en los controles, en las instituciones.

La neurosis más allá de su ropaje de moda permite, con mayor o menor esfuerzo de indagación, ser descubierta bajo sus modos tradicionales ya que se trata «de una estructura muy precisa» [3]. Hay que tomarse como cosa muy seria el deber de probarlo.

Ciertas hipertrofias del imaginario que provocan movilidades vertiginosas del discurso, versiones radicalizadas de la falta en ser, desregulaciones corporales en la histeria, neurosis medicadas, terapeutizadas, ortopedizadas de modos distintos, no deben hacernos perder la brújula de aquellas preguntas que conviene formularse en tanto buscamos definir un diagnóstico diferencial.

Aunque un elemento funcione ordenando un mundo, al estilo del Nombre del Padre, habrá elementos positivos de la neurosis que no encontraremos y sí algún otro elemento sutil de la psicosis que probablemente sí. Si no ocurre, al no poder diagnosticar tampoco una neurosis, quedaremos a la espera de que se nos demuestren las evidencias de las cuales carecemos, momentáneamente, aunque ese momento sea un lapso de tiempo muy largo.

Pero tarde o temprano la orfandad del Nombre del Padre se traducirá a nivel del lazo, de las significaciones, del cuerpo, de las identificaciones o de cierto tipo de inadecuación inapelable al sentimiento de la vida.

Por el lado de la neurosis, si damos tiempo y entramos en conversación con ese sujeto que llega a la consulta –en muchos casos sin siquiera una mínima transferencia con el campo psi en general, menos aún con el psicoanálisis y definitivamente ausente con el analista‒ obtendremos algún efecto de la división subjetiva, reconoceremos indicios del funcionamiento de un orden de repetición, un menos de goce que nos oriente en la senda. Pero esas opciones solamente advendrán si nuestra tarea allí es atenta. Queda de nuestro lado el compromiso de un trabajo argumentativo fuerte bajo la convicción indeleble de no tener terrenos ganados, ni por títulos ni por experiencia, ni por pertenencia alguna. Cierto apremio porque nuestras intervenciones nos demuestren, cada vez, que no retrocederemos hasta quedarnos atrapados, maniatados o impotentes frente a presentaciones que, si bien pueden resultarnos novedosas o desconocidas, llevan en sus pliegues la marca de la estructura.


  1. Miller, J.-A.,»La invención del delirio», El saber delirante, ICdeBA-Paidós, Bs. As., 2005.
  2. Miller, J.-A.,»Leer un síntoma», Revista Lacaniana, N° 12, abril 2012.
  3. Miller, J.-A.,»Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria», El Caldero, Nueva serie, N°14, 2010.