Por Liliana Cazenave

Hoy en día el espacio de la familia -en el cual el sujeto hace la experiencia de la palabra, donde recibe el primer baño del lenguaje- se encuentra invadido por el ciberespacio.

A las familias de nativos digitales millennials, que han crecido con al menos una pantalla y que viven actualmente hiperconectados, les resulta completamente natural criar a sus hijos en el ciberespacio. El ciberespacio constituye una variante del baño del lenguaje en el que están sumergidos en tanto que seres hablantes.

Las pantallas son introducidas cada día más temprano en la crianza complementando y en algunos casos hasta supliendo las funciones materna y paterna. Existen aplicaciones de videos para calmar a los bebés, para dormirlos, para que coman, para que se laven los dientes. Estos programas no funcionan simplemente como objetos sustitutos que se alojan en el hueco que cava la pulsión (como el chupete), sino que se trata de semblantes imaginarizados del Otro deseante que funcionan automáticamente.

La familia es el lugar donde se nace a la lengua. Los padres, como dice Lacan en la Conferencia en Ginebra sobre el síntoma,[1] transmiten, con su particular modo de hablar, la marca del modo en el cual desearon al niño.

Hablar en una lengua es testimoniar el vínculo con la familia. Ya los primeros balbuceos son distintos en una lengua y otra.[2] Sin embargo, se ve cada vez con más frecuencia en la clínica, niños que hablan en neutro o con el acento mejicano de los doblajes de los dibujos animados o de modo robótico, dando cuenta de otro modo de inserción en el lenguaje.

Y cabe preguntarnos si la transmisión de la lengua, propia de la función materna, no está en estos casos afectada, ya que estos objetos de la tecnociencia inciden sobre lo real del cuerpo y su goce. Cuando por distintos avatares, el deseo materno decae, las pantallas pueden constituirse en el refugio o la alternativa que el niño encuentra para suplirlo.

Por otro lado, ante el declive del Nombre del Padre y de la ficción edípica para descifrar el deseo materno y ordenar el goce, la trama ficcional ofertada por el discurso de la tecnociencia ofrece nuevos mitos, nuevas formas de filiación, nuevas identificaciones para armar las ficciones fantasmáticas que traten lo real del lenguaje.[3]

En la Conferencia en Ginebra… y en el Seminario 24,[4] Lacan habla del traumatismo de lalengua como el encuentro de las palabras con el cuerpo. Para que lalengua se encuentre con el cuerpo del viviente y se encarne es necesario que sea introducida por la madre o, más precisamente, por la función materna. Por eso Lacan coincide en llamar materna a su invento de lalengua. Es la madre, y en su horizonte el padre, quien la introduce. Es así como lalengua se materializa y parasita el cuerpo del viviente afectándolo con el goce. Pero para que este cuerpo del viviente advenga cuerpo del sujeto lalengua habrá de inscribirse, corporizarse.[5]

En El malentendido,[6] Lacan da cuenta de las condiciones de transmisión para que lalengua se corporice. La característica que define a lalengua es su equivocidad, su malentendido. Lo esencial para el nacimiento del parlêtre es la transmisión del malentendido de lalengua, de un equívoco particular inscripto que lo marque con un goce particular.

La extracción por parte del sujeto de un Uno de lalengua que se inscribe en el Inconsciente fundándolo, permite al sujeto tener un cuerpo y no quedar parasitado por el goce.

Para que el malentendido de lalengua que constituye el inconsciente se transmita es necesario que «se reparta entre dos parlantes que no hablan la misma lengua y se completan para la reproducción de un malentendido».[7] Que los dos parlantes no hablen la misma lengua implica, por un lado, un malentendido del verbo, es decir, se trata de dos mediodecires inconscientes que se malentienden y transmiten un imposible de decir. Por otro lado, se trata también de un malentendido de goces del Uno y del Otro, no hay relación sexual. Si la transmisión es de Uno solo sin hacer jugar al Otro no habrá malentendido ni imposibilidad a transmitir.[8]

El Otro de la lengua que vehiculan las pantallas es un Otro desencarnado que no se presta a la contingencia del encuentro, un Otro programado que no se presta al malentendido.

Si bien los usos que cada sujeto puede hacer de esa trama ficcional ofrecida por la tecnociencia son singulares, sabemos que no puede sustraerse de los efectos del discurso que la produce. ¿Qué tratamiento da este a lo real?

El texto e imagen de los programas informáticos se elabora a partir de la escritura digital, escritura cuyo alfabeto se reduce a la pura diferencia del 0 y el 1, escritura automática y autónoma, separada del escritor y, por lo tanto, de la subjetividad. Se trata de una escritura que es un puro automatismo en donde no entra la dimensión humana del malentendido.[9]

La lógica de los programas informáticos parte, por otro lado, de la posibilidad de modelizar las reglas y estrategias, si se trata de un juego, o puede abarcar cualquier aspecto de la vida, como por ejemplo el programa Siri, el asistente personal inteligente de Apple, que modeliza las emociones. La singularidad del sujeto, fuera de programa, queda evacuada.

Lacan inventó el espacio de la aletósfera para situar este espacio creado por el discurso de la ciencia.[10] Se trata en él de una nueva articulación de la verdad que nos hace olvidar la imposibilidad de lo real, lo que hace que en la época se tienda a negarlo. No obstante, las letosas, que constituyen estas nuevas máquinas que son las computadoras, son objetos que se articulan con lo real de los cuerpos dando lugar a nuevos síntomas.[11]

¿Cómo interviene el analista? Se trata de acoger en transferencia lo que el sujeto ha extraído de esta trama y el uso que le ha dado para convertirse en su partenaire encarnado y dar lugar a la contingencia del encuentro y, por lo tanto, al malentendido. La experiencia de lectura que es una cura analítica ha de permitirle al sujeto leer el real singular, las marcas propias que sitúa en sus ficciones.

NOTAS

  1. Lacan, J. (1998), Conferencia en Ginebra sobre el síntoma, Intervenciones y textos II, Buenos Aires: Manantial.
  2. Miller, J.-A. (1997), Cosas de familia en el inconsciente, Mediodicho 32, Córdoba: EOL-Córdoba.
  3. Cazenave, L., Ficciones desenmarcadas, Trabajo presentado en la jornada de la EOL Hiperconectados, inédito.
  4. Lacan, J., Seminario 24, inédito
  5. Miller, J.-A. (2002), Biología lacaniana y acontecimiento del cuerpo, Buenos Aires: Colección Diva.
  6. Lacan, J., El malentendido, inédito
  7. Ibid.
  8. Cazenave, L. (2007), Traumatismo y responsabilidad. ¿Cómo interviene el analista?, Psicoanálisis con niños y adolescentes, Buenos Aires: Grama.
  9. Sauval, M., Algunos efectos de la digitalización en la cultura, Letra Urbana. Extraído http://letraurbana.com/articulos/algunos-efectos-de-la-digitalizacion-en-la-cultura/
  10. Lacan, J. (1992), El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires: Paidós.
  11. Bassols, M., Hijos de la tecnociencia, Trabalenguas, Revista virtual EOL Santa Fe. Extraído http://trabalenguas-eolsantafe.blogspot.com.ar/2015/12/los-hijos-de-la-tecnociencia-y-sus.html