Por Patricio Alvarez Bayón (EOL)

Las palabras de Martín Fierro difícilmente hayan llegado a este escritor australiano, Samuel Leighton-Dore, quien va a unir el esperma de su novio Bradley con el óvulo de su hermana, por ser el único modo de que su futuro hijo conserve los genes de su familia.
Sus declaraciones en otros medios, donde dice que «no es ni remotamente un incesto», ubican bajo la figura de la negación el significante presente. ¿Cómo hacer entrar un elefante en esta sala?, preguntaba Lacan, pues bien, nombrando ese significante. Si dice incesto, afectado por el no, igual ha entrado en la sala.

Aún así, la noticia no sorprende demasiado. En tiempos donde la ciencia hace creer que «impossible is nothing«, donde las leyes del menor y la familia quedan perplejas ante los avances de la genética, donde la parentalidad, el género, la identidad, son cuestionados por múltiples discursos, la noticia no sorprende, tampoco a los psicoanalistas.

No sorprende, en primer lugar, porque sabemos que las funciones paterna y materna son semblantes, encargados de «lo irreductible de una transmisión, de (…) un deseo que no sea anónimo»,[1] que la función paterna es la encargada de «encarnar la ley en el deseo»,[2] y que la función materna es la de alojar un deseo «por la vía de sus propias carencias».[3] Son semblantes, sí, pero que transmiten un irreductible, es decir, un real.

Qué semblantes funcionarán para ese hijo, cómo se inscribirá el deseo no anónimo, su relación a la ley, su relación a la carencia, y quiénes serán los que encarnen su Otro edípico, no puede saberse, porque como Lacan plantea en el Seminario 3, no hay psicogénesis en el psicoanálisis, y quien quiera prever consecuencias de lo que ocurrirá a ese niño, lo hará desde sus prejuicios y no desde el psicoanálisis.

De hecho, eso escriben los lectores de la noticia al pie de página: algunos invocan a Dios, otros muestran su homofobia, otros vaticinan un destino trágico para el niño. No nos sumamos a los nostálgicos del Nombre del Padre, intentamos orientarnos por lo real en el circuito sin castración del discurso capitalista.

Es interesante ver cómo el joven Samuel remite constantemente al amor familiar para sostener su decisión -la cual es publicada en Facebook, Instagram y todas las redes posibles, invocando al Ojo absoluto como testigo. Un amor del que podemos reconocer su lógica: el hermano como el alter-ego narcisista, donde la rivalidad y el sacrificio aparecen siempre en potencia, funcionan aquí velados por el peso de la trasmisión genética. Por ejemplo, el sacrificio de la hermana, en la que nadie parece haber reparado hasta ahora -ni siquiera mencionan su nombre- y Samuel dice que será como un «hada madrina o una tía».

¿Cuál es el real que puede atraparse en la noticia? La declaración final de Samuel dice: «estoy seguro que entenderán la ciencia, la lógica y el amor detrás de este proceso». La ciencia invocada como garante, en el mismo nivel del amor, ubica las variables de época: lo que Lacan pronostica como la «forclusión de (…) las cosas del amor»[4] en el discurso capitalista aparece en una nueva forma, y la barrera de lo imposible se anula, en este caso en el amor entre hermanos. Hay relación sexual entre los genes.

NOTAS

  1. Lacan, J. (2012), Nota sobre el niño, Otros Escritos, Buenos Aires: Paidós.
  2. Ibid.
  3. Ibid.
  4. Lacan, J. (2012), Hablo a las paredes, Buenos Aires: Paidós.